*Carlos Eduardo Gaitán Lastras
De vaqueros a astronautas
El fuerte traspié que sufrió la economía mundial a finales del año pasado, nos ha despertado dudas o confirmado las que teníamos sobre su sostenibilidad. Sin embargo, hace poco más de cuarenta años, Kenneth E. Boulding marcaba un paso al frente y alertaba sobre la importancia vital del medio ambiente en el desarrollo de nuestro sistema económico. Conceptualizó a este sistema como la “economía del vaquero” (cowboy economy), siendo el vaquero un símbolo de planicies ilimitadas; también asociado a un comportamiento imprudente, explosivo, romántico y violento. Sin embargo, para Boulding debía modificarse la percepción y darle paso a la “economía del astronauta” (spaceman economy), en donde la Tierra sería una solitaria nave espacial, sin reservas ilimitadas, ni para extraer ni contaminar (Boulding, 1966).
Un punto azul en la inmensidad del universo es nuestra solitaria nave espacial. Tan única que ni el esfuerzo intelectual de miles de científicos, ni las cuantiosas sumas de dinero invertidas en investigación y exploración del espacio exterior, nos han permitido habitar otros planetas. Sin embargo, ¿cuál sería el sentido de colonizar otros mundos si, teniendo todo en nuestra maravillosa nave azul, podemos estrellarnos?
No considero como alternativa el condenar y mandar fusilar a nuestro sistema económico. Bien o mal, ha generado progreso en nuestra sociedad. Indudablemente, éste no ha sido equitativo y el costo, en definitiva, ha sido elevado. La respuesta –que espero llegue un día– no debe decirnos cómo evacuar la Tierra sino como debemos repararla. Para ello, se tiene que replantear y darle un giro de 180° a la idea rapaz de que el medio ambiente se adapta a las necesidades del ser humano.
Ahora bien, el giro se está dando y enarbola la bandera del “desarrollo sustentable”. Múltiples definiciones e ideas giran en torno a este concepto, por primera vez puesto en la escena internacional por la Comisión Brundtland en 1987. Posteriormente, en 1996, el movimiento conocido como Forum for the Future lo define de la siguiente manera.
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“El desarrollo sustentable es un proceso dinámico que permite a toda la gente alcanzar su potencial y mejorar su calidad de vida a través de vías que, simultáneamente, protegen y mejoran los sistemas que soportan la vida en la Tierra”.
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La idea del desarrollo sustentable suena seductora y al menos deberíamos darnos cinco minutos para escucharla. Palabras más, palabras menos nos invitaría a seguir estos cinco principios:
1. Vivir dentro de los límites ambientales: Respetar los límites del medio ambiente, recursos naturales y biodiversidad del planeta, asegurando que los recursos que necesitamos para desarrollar nuestra vida sean utilizados de forma eficiente, provocando el menor impacto y asegurando su disponibilidad para generaciones futuras.
2. Asegurar una sociedad fuerte, saludable y justa: Alcanzar las diversas necesidades de las actuales y futuras generaciones, promoviendo el bienestar personal, cohesión e inclusión social, e igualdad de oportunidades.
3. Alcanzar una economía sustentable: Construir una economía fuerte, estable y sustentable que provea prosperidad y cree oportunidades para todos, en donde los costos ambientales y sociales sean internalizados (que el daño se refleje en los precios de mercado) y los recursos se utilicen de manera eficiente.
4. Impulsar una buena gobernabilidad: Promover activamente esquemas efectivos de participación en la toma de decisiones en todos los niveles y ámbitos de la sociedad, aprovechando la creatividad, energía y diversidad de la gente.
5. Utilizar la ciencia responsablemente: Asegurar que las decisiones y políticas públicas implementadas se sustenten con base en evidencia científica robusta, en caso de incertidumbre científica utilizar el principio precautorio.
Oportunidades verdes para tiempos de crisis
Viviendo en un país como México, la palabra “crisis” es un término cotidiano; aunque también lo son las palabras de aliento y las recetas macroeconómicas que nos tratan de ayudar a superarla. Asimismo, se dice que toda crisis implica una oportunidad para entender qué estábamos haciendo mal, cambiarlo y salir fortalecidos. Es el momento preciso donde ideas convincentes y que pueden provocar una transformación deben ser escuchadas. Curiosamente, la crisis económica-financiera que actualmente padecemos se entrelaza con una concientización sobre el grave deterioro ecológico que ahoga a nuestro planeta.
El calentamiento global ha dejado de ser un tema abstracto y ajeno para formar parte del lenguaje cotidiano. Hoy en día, un invierno con temperaturas moderadas o un día muy caluroso en un lugar templado, provoca comentarios casuales con referencia al cambio climático. Esta situación junto con la pérdida de biodiversidad y la degradación de ecosistemas, son los problemas medioambientales más importantes de este siglo. Si bien no todos los problemas actuales son consecuencia directa del calentamiento global, al ritmo acelerado al cual se están desarrollando las predicciones que presuponían los modelos, da pie a pensar que no estemos tan lejos de esa causalidad única.
¿Quién provoca el calentamiento global y cómo lo hace? La respuesta es simple, NOSOTROS a través de nuestras simples y cotidianas actividades diarias. De acuerdo con el cuarto informe de evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (PICC), existe un sólido consenso entre la comunidad científica entorno a que el incremento de la temperatura promedio del planeta desde mediados del siglo XX, ha sido muy probablemente causado por la concentración en la atmósfera de gases efecto invernadero de origen antropogénico (PICC, 2007).
Como resultado tenemos que la Tierra está sufriendo un cambio severo; pero, de la misma forma, es a través de una transformación propia como podemos aminorarlo. El Programa de la Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), impulsa el concepto de la “economía verde”, a través del cual pretende movilizar y reorientar la economía mundial hacia las inversiones en tecnologías limpias y ecológicamente amigables para lograr un crecimiento real y desencadenar un auge en el empleo (Steiner, 2009). En este sentido, los empleos verdes surgen como una oportunidad viable y con potencial de crecimiento dentro de nuestro sistema económico. Estos empleos se encuentran en muchos sectores de la economía (producción y suministro de energía, reciclado, agricultura, construcción, transporte, entre otros), y se caracterizan por ser trabajos que contribuyen a conservar o restablecer la calidad ambiental. “Ayudan a reducir el consumo de energía, materias primas y agua mediante estrategias de gran eficiencia, a descarbonizar la economía y a reducir las emisiones de efecto invernadero, a disminuir o evitar por completo todas las formas de desechos y de contaminación, y a proteger y restablecer los ecosistemas y biodiversidad” (PNUMA & Organización Internacional del Trabajo –OIT–, 2008, pág.5).
Alrededor del mundo existen hoy en día millones de empleos verdes de distintas tonalidades. Entre los sectores que marcan la pauta se tiene al de la energía renovable que en los últimos años ha creado más de 2.3 millones de plazas. Aquellos países que han apostado por este tipo de energía han sido los más beneficiados. Un caso a destacar es el de Alemania. En 1998, contaba con 66,600 empleos verdes y poco menos del 6% de su energía se generaba por vías renovables. Para 2006, tenía 259,100 plazas y más del 13% de su energía era renovable (datos obtenidos del PNUMA & OIT, 2008 y del Ministerio Federal del Medio Ambiente, Conservación de la Naturaleza y Seguridad Nuclear alemán).
En México, el porcentaje de capacidad de generación eléctrica por fuente renovable era de apenas 2% en 2006 (Secretaría de Energía –SENER–, 2007). De acuerdo con la Prospectiva del Sector Eléctrico, en el 2012 la capacidad de generación en el rubro de fuente renovable deberá ser del 6%. Una cifra que si bien es deseada, es muy poco creíble.
Otro de los sectores líderes en empleos verdes es el de reciclado, en el cual laboran más de diez millones de personas alrededor del mundo. Tan sólo los Estados Unidos cuentan con más de un millón de trabajadores en este sector y su tasa de reciclaje fue del 28% en 2005, un porcentaje que se ha duplicado en los últimos 15 años (BBC News, 2005).
Nuevamente, los niveles de nuestro país en cuestiones ambientales no son halagadores. Desde 1998 hasta 2005, el porcentaje de los residuos sólidos que se reciclan en México ha aumentado tan sólo 0.2 puntos porcentuales. Revisando las pocas cifras oficiales sobre el tema, se tiene que tan sólo reciclamos el 2.6% en 2005 (datos del “Quinto Informe de Gobierno del Presidente de la República”, Vicente Fox).
En estos momentos tenemos dos opciones. La primera sería ver el lado negativo de nuestra situación y llorar amargamente nuestro posible destino dentro de la solitaria nave espacial, al quedar, seguramente, relegados de los esfuerzos que se emprenden a nuestro alrededor. La otra sería pedir “el casco y el pico” para comenzar a reparar nuestra casa, pensando que si bien nos queda mucho trecho por recorrer, las oportunidades que puede generar una economía verde son vastas. Después de todo, no todos fuimos vaqueros; pero volvernos astronautas, es una misión a la que deberíamos unirnos.