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de January de 2013

El arte no es novedad

Conversación con Oswaldo Vigas, uno de los grandes artistas de la modernidad latinoamericana.

Por Adriana Herrera


 No he sido nunca rigurosamente abstracto ni rigurosamente figurativo. Lo que he sido siempre es rigurosamente Oswaldo Vigas”. La frase, pronunciada por este creador que es uno de los grandes artistas de la modernidad latinoamericana, define ciertamente su vida y el conjunto de una larga y poderosa travesía creativa que se resiste a la clasificación.

Como Tamayo, que siguió un sendero distinto al de los muralistas de su tiempo, Vigas se negó a formar parte de modo riguroso de cualquier tendencia de la época, aunque en su obra hay huellas del arte geométrico, del expresionismo abstracto e, incluso, del informalismo, y, sobre todo, de la búsqueda constructivista de un lenguaje universal que fundiera las vanguardias del Viejo Mundo con el legado iconográfico precolombino y el poder mitológico de la cultura popular latinoamericana. No en vano es un coleccionista de arte prehispánico. Pero Vigas pintó siempre y lo que necesitó pintar, y a los 86 años acaba de inaugurar en Miami la enorme exhibición “Vigas  Constructivista. París 1953-1957”.

Realizada con ambición museística por la Ascaso Gallery y bajo la curaduría de Bélgica Rodríguez, la exhibición cubre los cuatro años de medidas del siglo pasado en que Vigas planeaba, desde París, los murales para la Universidad Central de Venezuela, cuya construcción, dirigida por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva, marcó un hito para la modernidad del continente. Muchas de las 52 pinturas de ese periodo, desconocidas para el público, se presentan por primera vez en este show que se realiza 70 años después de la primera exhibición del maestro autodidacta, que siguió un camino propio sin plegarse a ninguna demanda ajena a sus propios transcursos que siempre fueron y volvieron al mito, al eros, a la vida, sin eludir la risa soberana.

Tenía 16 años y “aún usaba pantalones cortos”, cuando se levantó a recibir el Premio de Ilustración del Primer Salón de Poemas Ilustrados, del Ateneo de Valencia, Carabobo, Venezuela, por un dibujo onírico, fantástico, que sorprendió a los jurados al punto de que cuando con “mucha autoridad” reclamó una sala para una exposición personal en el mismo Ateneo se la dieron. “En Valencia –recuerda– no había escuelas de arte, y mi memoria visual del arte venía de revistas y periódicos, de impresiones de pinturas en blanco y negro”. Vendió todo lo que había pintado y que ahora recuerda como “cosas inventadas”.

Un año después, la pintura Hojas rojas recibió una medalla de honor en el Primer Salón de Pintura Arturo Michelena y en 1946 realizó una exposición individual con gouaches y acuarelas de influencia cubista, pero se marchó a Mérida a estudiar Medicina, “porque quería saber del cuerpo humano”. Aunque se dio cuenta, casi desde el inicio, de que nunca ejercería, terminó graduándose por puro principio: “Nunca –asegura– he dejado nada sin terminar”.

En Mérida fundó el primer ateneo, pintó los Andes y creó peculiares figuras femeninas tomando muñecas de trapo como modelos –sin conocer a Armando Reverón, que convivía con algunas, de tamaño natural y las inmortalizó en las series del mundo blanco de Macuto–. En 1949 salió a Caracas por amenazas políticas y prosiguió sus estudios de Medicina sin dejar la pintura. El pintor Alirio Oramas le advirtió que no intentara entrar a la academia, y lo invitó a asistir a su Taller Libre de Arte de Caracas. Fue ahí donde comenzó a pintar su serie legendaria de las brujas. No se puede hablar de Vigas sin hablar de ellas: Pequeña bruja, Bruja nocturna, Bruja de la rama, Bruja de la serpiente, Bruja de la alfombra amarilla, Princesa bruja, Bruja niña, y La gran bruja, obra que en 1952 le hizo merecer El Premio Nacional de Artes Plásticas, mientras obtenía paralelamente el Premio John Boulton, y el Premio Arturo Michelena. “Yo encontré: nunca busqué”, asegura. 

Fue gracias a esos premios, el primero de los cuales incluía un viaje a Europa, que Vigas llegó a París, una década antes de unir su destino de modo definitivo a Janine, la francesa de intensos ojos azules con quien ha compartido medio siglo de vida, sabe cada detalle de su creación y es la madre de su único hijo, el cineasta Lorenzo Vigas, quien vive entre París y México, dirigió el cortometraje Los elefantes nunca olvidan, producido por Guillermo Arriaga, y además prepara un largometraje sobre la vida de su padre.  PODER conversó una larga tarde con Vigas y con Janine, sobre la trayectoria entera de una vida y el triunfo de una creación capaz de sobrepasar la tentación de las modas  y de sostener aquello que Kandinsky pregonaba en De lo espiritual en el arte: “El artista debe mostrarse ciego ante las formas reconocidas o no reconocidas, sordo a las enseñanzas y las exigencias de su tiempo. Sus ojos atentos deben dirigirse hacia su vida interior y su oído prestar únicamente atención a la necesidad interior”.

—En los cinco murales de la Ciudad Universitaria –le comento–, se advierte un estilo constructivista. ¿Cuándo tuvo conocimiento de la obra de Joaquín Torres García?

—La obra de Torres García llegó a mi conocimiento en los años sesenta, después de los murales. No lo conocía cuando los hice y de hecho, el término constructivismo lo aplicamos no entonces, sino mucho después. Mire, todos esos términos que hoy son corrientes, como abstracción geométrica, cinetismo, surgieron luego. Nadie hablaba entonces de ellos. Cuando llegué a París en 1952 habían pasado dos años desde el propio regreso de Alejandro Otero a esta ciudad y en París estaba Mateo Manaure y otros defensores del arte abstracto –fundadores de la revista Los Disidentes–, pero yo no entré a ningún grupo”.

Janine precisa que siguió creando su obra de modo independiente, pero al lado de ellos.

—Hablando de las brujas –le digo– ¿cómo fue que surgieron? Me parece que son Picassianas…

Vigas se electriza y dice que surgieron por generación espontánea, para luego precisar que desde luego Picasso y el cubismo estaban en su origen: “Todo viene de alguna parte; incluyendo a Picasso…”.  El comentario sirve para abrir paso a una anécdota que ahora rememora con una sonrisa, pero que años atrás fue tenebrosa: el relato del inicio y fin de su amistad con Picasso.

Después de que en 1953 Carlos Raúl Villanueva comprara una obra de Vigas en su primera retrospectiva –El gallito– y le encargara los murales de la Ciudad Universitaria con una reconvención que jamás olvidaría: “Aféitame esto, Vigas”, lo que en lenguaje puro y llano equivale a decir “simplifica tu obra”, Vigas se sumergió en un vertiginoso proceso creativo, se conectó con la escena artística de ese París que era un espacio de conexión insustituible para el arte latinoamericano y aceptó fraguar una exhibición vanguardista en Valencia, su ciudad natal. No le bastaban las obras de sus coterráneos venezolanos en París, quería a Picasso, a Magritte, a Max Ernst y fue a buscarlos…

Un amigo pianista lo llevó donde Picasso, a quien sigue considerando el pintor más importante del siglo XX, y el encuentro fue tan memorable que éste aceptó ser el presidente honorario de la exhibición que conmemoraría los 400 años de la ciudad de Valencia. También aceptaron Fernand Léger y Max Ernst, a quien Villanueva los había presentado al llegar a París. A Magritte nunca lo conoció porque entonces vivía en Bélgica, pero le pidió una obra por teléfono y él aceptó enviarla. Así que Picasso, Ernst, Magritte, se incorporaron a la exhibición en la que participaban venezolanos como Héctor Polea, Víctor Valera, Armando Barrios.


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