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El arte no es novedad

Conversación con Oswaldo Vigas, uno de los grandes artistas de la modernidad latinoamericana.

Por Adriana Herrera

HERRAMIENTAS

 No he sido nunca rigurosamente abstracto ni rigurosamente figurativo. Lo que he sido siempre es rigurosamente Oswaldo Vigas”. La frase, pronunciada por este creador que es uno de los grandes artistas de la modernidad latinoamericana, define ciertamente su vida y el conjunto de una larga y poderosa travesía creativa que se resiste a la clasificación.

Como Tamayo, que siguió un sendero distinto al de los muralistas de su tiempo, Vigas se negó a formar parte de modo riguroso de cualquier tendencia de la época, aunque en su obra hay huellas del arte geométrico, del expresionismo abstracto e, incluso, del informalismo, y, sobre todo, de la búsqueda constructivista de un lenguaje universal que fundiera las vanguardias del Viejo Mundo con el legado iconográfico precolombino y el poder mitológico de la cultura popular latinoamericana. No en vano es un coleccionista de arte prehispánico. Pero Vigas pintó siempre y lo que necesitó pintar, y a los 86 años acaba de inaugurar en Miami la enorme exhibición “Vigas  Constructivista. París 1953-1957”.

Realizada con ambición museística por la Ascaso Gallery y bajo la curaduría de Bélgica Rodríguez, la exhibición cubre los cuatro años de medidas del siglo pasado en que Vigas planeaba, desde París, los murales para la Universidad Central de Venezuela, cuya construcción, dirigida por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva, marcó un hito para la modernidad del continente. Muchas de las 52 pinturas de ese periodo, desconocidas para el público, se presentan por primera vez en este show que se realiza 70 años después de la primera exhibición del maestro autodidacta, que siguió un camino propio sin plegarse a ninguna demanda ajena a sus propios transcursos que siempre fueron y volvieron al mito, al eros, a la vida, sin eludir la risa soberana.

Tenía 16 años y “aún usaba pantalones cortos”, cuando se levantó a recibir el Premio de Ilustración del Primer Salón de Poemas Ilustrados, del Ateneo de Valencia, Carabobo, Venezuela, por un dibujo onírico, fantástico, que sorprendió a los jurados al punto de que cuando con “mucha autoridad” reclamó una sala para una exposición personal en el mismo Ateneo se la dieron. “En Valencia –recuerda– no había escuelas de arte, y mi memoria visual del arte venía de revistas y periódicos, de impresiones de pinturas en blanco y negro”. Vendió todo lo que había pintado y que ahora recuerda como “cosas inventadas”.

Un año después, la pintura Hojas rojas recibió una medalla de honor en el Primer Salón de Pintura Arturo Michelena y en 1946 realizó una exposición individual con gouaches y acuarelas de influencia cubista, pero se marchó a Mérida a estudiar Medicina, “porque quería saber del cuerpo humano”. Aunque se dio cuenta, casi desde el inicio, de que nunca ejercería, terminó graduándose por puro principio: “Nunca –asegura– he dejado nada sin terminar”.

En Mérida fundó el primer ateneo, pintó los Andes y creó peculiares figuras femeninas tomando muñecas de trapo como modelos –sin conocer a Armando Reverón, que convivía con algunas, de tamaño natural y las inmortalizó en las series del mundo blanco de Macuto–. En 1949 salió a Caracas por amenazas políticas y prosiguió sus estudios de Medicina sin dejar la pintura. El pintor Alirio Oramas le advirtió que no intentara entrar a la academia, y lo invitó a asistir a su Taller Libre de Arte de Caracas. Fue ahí donde comenzó a pintar su serie legendaria de las brujas. No se puede hablar de Vigas sin hablar de ellas: Pequeña bruja, Bruja nocturna, Bruja de la rama, Bruja de la serpiente, Bruja de la alfombra amarilla, Princesa bruja, Bruja niña, y La gran bruja, obra que en 1952 le hizo merecer El Premio Nacional de Artes Plásticas, mientras obtenía paralelamente el Premio John Boulton, y el Premio Arturo Michelena. “Yo encontré: nunca busqué”, asegura. 

Fue gracias a esos premios, el primero de los cuales incluía un viaje a Europa, que Vigas llegó a París, una década antes de unir su destino de modo definitivo a Janine, la francesa de intensos ojos azules con quien ha compartido medio siglo de vida, sabe cada detalle de su creación y es la madre de su único hijo, el cineasta Lorenzo Vigas, quien vive entre París y México, dirigió el cortometraje Los elefantes nunca olvidan, producido por Guillermo Arriaga, y además prepara un largometraje sobre la vida de su padre.  PODER conversó una larga tarde con Vigas y con Janine, sobre la trayectoria entera de una vida y el triunfo de una creación capaz de sobrepasar la tentación de las modas  y de sostener aquello que Kandinsky pregonaba en De lo espiritual en el arte: “El artista debe mostrarse ciego ante las formas reconocidas o no reconocidas, sordo a las enseñanzas y las exigencias de su tiempo. Sus ojos atentos deben dirigirse hacia su vida interior y su oído prestar únicamente atención a la necesidad interior”.

—En los cinco murales de la Ciudad Universitaria –le comento–, se advierte un estilo constructivista. ¿Cuándo tuvo conocimiento de la obra de Joaquín Torres García?

—La obra de Torres García llegó a mi conocimiento en los años sesenta, después de los murales. No lo conocía cuando los hice y de hecho, el término constructivismo lo aplicamos no entonces, sino mucho después. Mire, todos esos términos que hoy son corrientes, como abstracción geométrica, cinetismo, surgieron luego. Nadie hablaba entonces de ellos. Cuando llegué a París en 1952 habían pasado dos años desde el propio regreso de Alejandro Otero a esta ciudad y en París estaba Mateo Manaure y otros defensores del arte abstracto –fundadores de la revista Los Disidentes–, pero yo no entré a ningún grupo”.

Janine precisa que siguió creando su obra de modo independiente, pero al lado de ellos.

—Hablando de las brujas –le digo– ¿cómo fue que surgieron? Me parece que son Picassianas…

Vigas se electriza y dice que surgieron por generación espontánea, para luego precisar que desde luego Picasso y el cubismo estaban en su origen: “Todo viene de alguna parte; incluyendo a Picasso…”.  El comentario sirve para abrir paso a una anécdota que ahora rememora con una sonrisa, pero que años atrás fue tenebrosa: el relato del inicio y fin de su amistad con Picasso.

Después de que en 1953 Carlos Raúl Villanueva comprara una obra de Vigas en su primera retrospectiva –El gallito– y le encargara los murales de la Ciudad Universitaria con una reconvención que jamás olvidaría: “Aféitame esto, Vigas”, lo que en lenguaje puro y llano equivale a decir “simplifica tu obra”, Vigas se sumergió en un vertiginoso proceso creativo, se conectó con la escena artística de ese París que era un espacio de conexión insustituible para el arte latinoamericano y aceptó fraguar una exhibición vanguardista en Valencia, su ciudad natal. No le bastaban las obras de sus coterráneos venezolanos en París, quería a Picasso, a Magritte, a Max Ernst y fue a buscarlos…

Un amigo pianista lo llevó donde Picasso, a quien sigue considerando el pintor más importante del siglo XX, y el encuentro fue tan memorable que éste aceptó ser el presidente honorario de la exhibición que conmemoraría los 400 años de la ciudad de Valencia. También aceptaron Fernand Léger y Max Ernst, a quien Villanueva los había presentado al llegar a París. A Magritte nunca lo conoció porque entonces vivía en Bélgica, pero le pidió una obra por teléfono y él aceptó enviarla. Así que Picasso, Ernst, Magritte, se incorporaron a la exhibición en la que participaban venezolanos como Héctor Polea, Víctor Valera, Armando Barrios.

La desgracia no fue que nadie comprara un solo cuadro en ese 1955 de la inauguración en Valencia, sino que los esbirros de Pérez Jiménez se enteraron de la exhibición por un anuncio de la prensa en el que aparecían Picasso y Vigas. Informado de ello, el dictador, sin más ni más, decidió que no podía haber otro presidente honorario que él. Y Vigas no pudo hacer nada. “Y por esa vergüenza –explica Vigas– yo no volví a ver a Picasso… en París todos mis amigos creían que era cómplice de Pérez Jiménez”.

Janine aclara que Oswaldo siempre le ha dicho que finalmente el hecho de que no pudiera volver a ver a Picasso por esa vergüenza fue positivo para él. “Tuve que dejar de verlo, en todo sentido”, concede Vigas. En 1956 y 1957, habiendo cumplido esa “muerte simbólica del padre”, que para Freud es el paso necesario para la propia realización, Oswaldo hizo todas las obras constructivistas originadas en la petición de “afeitar” de Villanueva, en un proceso que también atestiguó Miguel Otero Silva, quien escribió sobre su obra: “Vigas posee su propio misterio, sus propias líneas, sus propios colores. Pinta con profundidad, pasión, preso de una sensibilidad atormentada. Él busca en el trazado de líneas modernas la expresión plástica más antigua de nuestra tierra”.

Vigas regresó justamente a Venezuela a tomar contacto con los grupos de resistencia a la dictadura que Otero Silva, figura clave de la modernidad artística y literaria, encabezó con el Manifiesto intelectual que Vigas fue el cuarto en firmar. Tras la caída de Pérez Jiménez volvió a París como agregado de la embajada venezolana en esa ciudad –pero renunció, asqueado, después de tener que llevar a un general en visita oficial a ver mujeres desnudas– y pintó desenfrenadamente obras que tienen una cualidad arquetípica y que logran fundir lo mítico con la modernidad. 

—Una de las obras exhibidas, Paraguaipoa, contiene una reminiscencia del mundo indígena muy fuerte. Estuvo en ese pueblo? –le pregunto.

—Nunca estuve ahí. Lo pinté porque el nombre me gustó. En mi obra, por otra parte, hay palabras inventadas.

“En cambio, estuvo en La Guajira –rememora Janine– y por eso las brujas tienen maquillaje como las mujeres de la zona y también están presentes las características de los petroglifos que lo fascinaron. Por eso Boulton afirmó que él lograba  dar a sus creaciones un sentido poético muy cercano a los mitos, inventando figuras de un sabor dramático.

Al “afeitarlas” obedeciendo a Villanueva, logró lo que la crítica Susana Benko resumió como  “una síntesis de forma y tratamiento estructural por encima y más allá del contenido simbólico”. Pero contraponiéndose a los manifiestos geométricos de la época, Vigas mantuvo siempre la referencialidad y se mantuvo impávido el día en que, en Caracas, el brasileño Sergio Camargo se impacientó ante una obra porque tenía una imagen. “No me hables de la imagen, por favor: ¡la detesto!”, –le dijo, y continuó creando, no reproduciendo, justamente imágenes.

—¿Por qué –le insisto– no se plegó a los manifiestos de su época?

—Nunca les puse atención. Ni a las prédicas revolucionarias ni a las prédicas artísticas.

Tras los murales abstractos y las series de objetos negros, objetos-paisaje, objetos-ciudad, ha vuelto una y otra vez al arquetipo femenino, con imágenes de hembras híbridas fusionadas con animales o con plantas y personificaciones como Enigmadora, Paseante, o sus Lúdicas y ha pasado de la gestualidad de brochazos expresionistas a la búsqueda figurativa de los ancestros, o a las dionisiacas escenas de sus series eróticas, pintadas a mediados de los noventa, la misma década en que obtuvo premios como  el Grand Prix SAS Principe Rainier III de Monaco, 1992, o La Medaille Vermeil  de la ciudad de París. En 2008, lo nombraron Commandeur de l’Ordre des Arts et des Lettres, la más alta distinción ofrecida en Francia por el Ministerio de Cultura.

Pero en la conversación Oswaldo Vigas no mencionó ninguno de estos premios. En cambio, rememoró con una sonrisa el día en que el pintor Victor Valera pasó por su estudio y le dijo : “Vigas, estás en la prehistoria”. “No le respondí nada –evoca– porque pensé que tenía razón. ¿Y sabe usted ? Cada vez creo con mayor convicción que la prehistoria es lo más importante, porque a través de ésta nos comunicamos no sólo con el pasado, sino con lo que atraviesa todas las edades… Esa novedad que todos buscan no es el arte”.

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