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La encrucijada del Brexit

Una de las consecuencias de la crisis europea podría ser el retiro del Reino Unido de la Unión Europea. PODER le da un vistazo al debate que hay en la isla y a sus posibles implicaciones.

Por Julio I. Godínez Hernández, Bruselas

HERRAMIENTAS

 A las 11:11 horas del 1 de diciembre de 1990, los equipos de excavación de Inglaterra y Francia taladraron los últimos pedazos de roca que los separaban. Según se observa en una histórica postal, tomada a 40 metros debajo del mar, dos trabajadores del Eurotúnel intercambiaron saludos y sus respectivas banderas a través del orificio que formaron simbolizando la unión entre el archipiélago y el continente. No obstante, 22 años después de aquel sueño de ingeniería cumplido, y de 40 de la adhesión del Reino Unido a la Unión Europea (UE), la ya larga crisis del euro parece querer cerrar nuevamente el pasaje del Canal de la Mancha y separar así al país de la Unión Europea.

A pesar de que en los últimos dos años se ha hablado casi obsesivamente de la posible salida de Grecia de la UE debido a su difícil situación económica y financiera, lo cual ha sido denominado como “Grexit” por la combinación del nombre del país heleno con la palabra inglesa “exit” (salida), recientemente en Londres y Bruselas no ha dejado de hablarse de la verosímil posibilidad de que sea el Reino Unido quien abandone la comunidad de los 27 países, lo que se ha denominado ahora como “Brexit” o “Brixit”.

De acuerdo con diversos analistas consultados por PODER, la causa sería que la UE ha puesto en marcha un plan para salir lo antes posible de la crisis, que ha llevado a Bruselas a adoptar medidas fiscales con las que el gobierno británico no está de acuerdo debido a que podrían dañar su pujante sector financiero. Por décadas, los diplomáticos británicos han buscado entretejer una relación estable entre Londres y Bruselas para garantizar al país un máximo de influencia con un mínimo de cesión de soberanía –cabe recordar que el Reino Unido es una de las 10 naciones que pertenecen a la UE que no utilizan el euro como moneda corriente.

A ello se suma el cambio del escenario geopolítico actual. Tradicionalmente, Europa ha sido un equilibrio a tres partes entre Londres, París y Berlín, con visiones políticas y económicas diferentes. No obstante, debido al desplazamiento actual del poder a Alemania, gracias a su estabilidad financiera en tiempos desfavorables, el estancamiento del crecimiento económico francés y el aislamiento financiero del mismo Reino Unido para no verse afectado por la crisis del euro, sin dejar de aprovechar los beneficios económicos comunitarios –como los tratados de libre comercio firmados por la UE con otras regiones y países como México–, han hecho que el escenario sea completamente diferente al de hace 10 años.

Al tema debe sumarse, además, la percepción de la opinión pública inglesa. En entrevista con PODER, Paul Whiteley, profesor de la Universidad de Essex, aseguró que en agosto de 2007 un 54% de los británicos aprobaba la permanencia del Reino Unido en la UE frente a un 46% que lo desaprobaba. Pero según el barómetro mensual que supervisa el Centre for European Reform, un centro de estudios proeuropeo, “el número de británicos favorables a la permanencia en la UE cayó hasta el 39% en agosto de 2012 y 61% desea abandonarla”.

Luego de conocer estos
datos y bajo una presión importante del grupo de políticos euroescépticos ingleses, el gobierno del primer ministro, David Cameron, del Partido Conservador, ha dado a conocer sus intenciones de lanzar un referéndum que, según explica el propio Paul Whiteley, “podría ser determinante para la salida del Reino Unido del grupo de los 27 en 2017”.

Ásperos antecedentes

Una de las muchas frases que acuñó la Dama de Hierro, Margaret Thatcher, durante su fragosa administración (1979-1990) fue: “Nunca vino nada bueno del continente”. Las palabras de la primera ministra dibujaron con precisión la histórica y áspera relación entre el Reino Unido y Europa.

En 1973, unos años antes de la llegada de Thatcher a la residencia del número 10 de Downing Street en Londres, el entonces primer ministro Edward Heath –también del Partido Conservador– había logrado encabezar una delegación que negoció con éxito la entrada del Reino Unido a lo que en ese momento se denominaba la Comunidad Económica Europea (CEE), la cual, dos décadas más tarde, y gracias a la firma del tratado de Maastricht, se convertiría en la Unión Europea.

“La percepción que se tenía en el Reino Unido a principios de los setentas era que el continente estaba económicamente mucho mejor –cuenta Paul Whiteley–, pero la gente se preguntaba si entrar a la CEE iba a crear trabajos, prosperidad... ”. Sin embargo, la crisis económica y política que vivió el país durante esos años, que llevó a Margaret Thatcher a la dirección del Partido Conservador y más tarde al cargo de primera ministra, fue menospreciada por un grupo de políticos ingleses (conocido desde entonces como euroescépticos), hasta expandir la creencia de la inutilidad de la pertenencia a la CEE entre los ciudadanos de a pie.

Según afirmó a PODER Philip Whyte, investigador del Center for European Reform, autores del apelativo “Brexit”, “cuando el Reino Unido se adhirió a la CEE mucha gente efectivamente pensó que era por motivos económicos, pero era obvio que no se necesitaba únicamente de una integración económica, sino también política. No obstante, los británicos nunca han compartido realmente la ambición de integrarse en ese sentido con el resto de Europa”.

Según Whyte, lo que se ha visto en los últimos 20 años “ha sido un alejamiento gradual entre el Reino Unido y la UE porque Londres ha optado siempre por evitar la moneda común, los tratados de cooperación (...) entre otras cosas que le incomodan”. El especialista en políticas económicas europeas agrega que para el Reino Unido el problema se agrava porque la UE parece estarse integrando económicamente mucho más para tratar de salir de la crisis. “Lo que observamos es que dentro de la UE se están formando ‘caucus’ [camarillas políticas] que buscan establecer directrices a los países que no pertenecen a la eurozona [conformado por las 17 naciones que utilizan el euro como moneda], lo que afectaría gravemente las finanzas de Londres”.

Misión imposible

En octubre pasado el tema de la posible salida del Reino Unido de la UE saltó a la arena pública cuando el primer ministro David Cameron recibió la encomienda del Parlamento británico de obtener recortes en el presupuesto plurianual de la UE para el periodo 2014-2020, situación que los medios ingleses calificaron como una “misión imposible”. Para Richard G. Whitman, del prestigioso centro de estudios Chatham House de Londres, “actualmente el debate está centrado en políticas interiores, por divisiones al interior del Partido Conservador y una activa campaña para que el Reino unido abandone la UE”.

Previo a la reunión de Bruselas de finales de noviembre para negociar el presupuesto comunitario, Cameron fue presionado por miembros euroescépticos de su propio Partido Conservador y del ascendente partido UK Independence Party (UKIP) –muy interesado en un divorcio europeo amistoso–, quienes buscaban negociar exenciones, garantías y repatriar competencias a la isla. “Cameron es un prisionero de su partido antieuropeo”, escribió por esos días el reportero Philip Stephens en un artículo publicado en el London Financial Times.

Antes de viajar a Bruselas al encuentro del 23 de noviembre, la estrategia del primer ministro se centró en solicitar una congelación del presupuesto o, en caso extremo, vetarlo. No obstante, a su arribo a la capital comunitaria, Cameron se encontró con un ambiente de caras largas y sin ánimo de negociación para encontrar un acuerdo para el presupuesto de los próximos seis años: por un lado se encontraba la propuesta del Consejo Europeo para recortar en 80,000 millones de euros el presupuesto de la Comisión Europea con una rebaja de 20,000 millones de euros respecto al periodo anterior; y, por el otro, la propuesta de Reino Unido, Suecia y Holanda, quienes reclamaban una poda de 30,000 millones más. Al final, el presidente del consejo, Herman Van Rompuy, decidió aplazar para el primer trimestre de 2013 la discusión sobre el presupuesto al no alcanzar un consenso.

Ese mismo día, en conferencia de prensa, Cameron aseguró que su postura era que no pueden subir el gasto en la UE e imponer recortes a escala nacional. Y se cubrió con el traje de protector de los contribuyentes al asegurar que la UE es una viciada maquinaria de derroche gestionada por irresponsables que se niegan a hacer los recortes necesarios con ánimo de seguir viviendo con privilegios intolerables: sueldos de fábula, pensiones de ensueño, complementos rayanos en la corrupción.

Según Richard G. Whitman, también investigador de la University Association for Contemporary European Studies, la actual postura del Reino Unido ante su posible salida de la UE no tendría ventajas claras para su mercado y comercio, “especialmente porque la UE es un gran socio comercial y se tienen tratados firmados con otras regiones”, dijo a esta revista.

México, América Latina y EU

Uno de esos tratados, quizá uno de los más importantes que tiene firmada la UE en el mundo, es el Tratado de Libre Comercio entre México y la Unión Europea (TLCUE). Fue el 13 de mayo de 1996 cuando el consejo de asuntos generales de la UE aprobó el mandato de negociación para el nuevo acuerdo. No obstante, las negociaciones se extendieron hasta julio de 1997, para lograr que el 8 de diciembre del mismo año ambas partes firmaran un consenso que se terminó de discutir en noviembre de 1999 y que logró que finalmente el TLC entrara en vigor en julio del 2000. El acuerdo ha tenido una gran repercusión dentro y fuera de México, ya que nuestra nación se convirtió en el centro de operaciones de negocios entre Europa y América Latina; y, gracias a que Estados Unidos y Europa no cuentan con un TLC, también convirtió al país en un punto clave para los negocios entre europeos y estadounidenses gracias a las denominadas reglas de origen.

De acuerdo con José Neif Jury Fabre, comisionado de negocios de ProMéxico en el Reino Unido, en caso de que el país decida abandonar la UE “tendría que firmar un nuevo tratado México  y el Reino Unido, y quién sabe, si se sale Escocia (en proceso de independentismo) tendrían que firmar uno más –aseguró a PODER–. En todo caso, las exportaciones de México al Reino Unido tendrían que pagar impuestos porque ya no habría esas tarifas preferenciales”.

Actualmente, apenas 1% del comercio que México realiza al exterior es con Inglaterra y los productos mexicanos que más se exportan a esa isla son plata y oro, seguido de partes para automóviles y electrónicos que se integran a diferentes artículos en Reino Unido. Según Jury Fabre, lo que sí se ha aprovechado es exportación a los países la Mancomunidad británica tan lejanos como Australia.

Dos velocidades

Existen otras voces que han tratado de calmar la creciente idea del “Brexit”. En un amplio artículo publicado el 7 de noviembre de 2012 en el periódico español El País titulado “Por qué Reino Unido no va a abandonar la UE”, Giles Paxman, embajador de ese país en España argumentó que “la mitad de las inversiones extranjeras directas que entran al Reino Unido proceden de los miembros de la Unión Europea y la mitad de nuestro comercio se lleva a cabo con otros Estados miembros de la Unión”. Además, sostuvo que “más de 3.5 millones de puestos de trabajo dependen del mercado único”.

En la misma publicación, Paxman sostiene que la adhesión del Reino Unido a la UE “está en el interés nacional”, pero dice creer que la forma de avanzar para la UE requiere de “una mayor flexibilidad”, una geometría más variable. “Tendríamos que permitir que existieran diferentes grados de integración en los distintos ámbitos, y hacerlo de forma que no sea en perjuicio de los países que no quieran participar en todo, a la vez que se preserva todo lo que todos valoramos”, dice.

A lo que el embajador se refiere es a la naciente idea de una Europa de “doble núcleo”, a “la gran encrucijada”, que Paul Whiteley explica como “una Europa en dos velocidades”, con un grupo de países que logre una consolidación fiscal; y otra que controle los impuestos y el gasto (en la que Reino Unido se podría incluir) y que impida que el Canal de la Mancha vuelva a dilatarse.

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