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Left behind: cincuenta años de tres tristes izquierdas

Carlos Meléndez
Ilustración: Lucho Chumpitazi

HERRAMIENTAS

PARA EVALUAR CINCUENTA AÑOS DE LA IZQUIERDA EN EL PERÚ PROPONGO DISTINGUIR TRES IZQUIERDAS: LA REVOLUCIONARIA LA DEL MOVIMIENTO SOCIAL Y LA ELECTORAL. LA PRIMERA FUE LA QUE CREÍA EN “LA LUCHA ARMADA” QUE “EL PODER SE CONQUISTA CON EL FUSIL”. TODAS SUS VERTIENTES DESDE LA GUEVARISTA HASTA LA MAOÍSTA HAN SIDO ANTISISTEMA CON UN PIE EN LA CIUDAD Y EL OTRO EN EL CAMPO. LUEGO DE SENDERO LUMINOSO Y EL MRTA SE PENSÓ QUE NADIE EN SU SANO JUICIO REIVINDICARÍA SUS LEGADOS. MOVADEF HA DEMOSTRADO LO CONTRARIO.

 

La segunda se gestó en el movimiento social. Se trata de la izquierda de las luchas sociales, que se organiza para defender sus derechos, los cuales han ido evolucionando desde las tradicionales plataformas clasistas hasta la actual agenda medio ambientalista. Lejos de sus “jornadas históricas”, se encuentra hoy desorganizada, atomizada y fragmentada. Es materia de disputa política entre la izquierda insurrecta y la izquierda electoral.

Esta es la más joven. Formada con la ola democratizadora del continente, asumió las reglas de la democracia para llegar al poder. Pero después del descalabro de Izquierda Unida, sus ex cuadros políticos han vagado sin rumbo ni éxito en las urnas, hasta el “atajo” del outsider militar Ollanta Humala, por quien se sienten “traicionados”. Esta es la resumida historia de tres tristes izquierdas.

 

LA VIEJA “NUEVA IZQUIERDA”

La izquierda surgió para representar el descontento, para conducir a los marginados del establishment, para incorporar sus reivindicaciones en un sistema dominado por las élites oligárquicas. El siglo XX en el Perú y en América Latina estuvo marcado por la incorporación política del movimiento obrero y del campesinado (que inició el Partido Comunista Peruano –PCP–en los treintas), de los migrantes y de los analfabetos, pugna política que la izquierda quiso monopolizar de distintas maneras.

Hace cincuenta años había prácticamente solo una manera de hacerlo: la revolución. Envalentonados por la Revolución Cubana y la teoría guerrillera del “Che” Guevara, un puñado de políticos románticos experimentaba el temblor de un momento revolucionario. Los primeros provenían del APRA. Bajo el liderazgo de Luis de la Puente, un grupo de apristas rebeldes fundó el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), críticos frete al giro a la derecha que el otrora antioligárquico Partido Aprista Peruano consagraba al pactar con el gobierno de Manuel Prado. Conjuntamente con el Ejército de Liberación Nacional, liderado por Héctor Béjar, se adentraron en el espesor de la Selva para replicar el modelo barbudo-caribeño contra el primer gobierno de Fernando Belaunde. El Perú no era una isla y el arquitecto no era Batista. Este sería el primer “fail” de una cadena interminable. El fracaso trajo consigo replantear la estrategia y afianzar la izquierda en el movimiento social.

Vanguardia Revolucionaria (VR), confluencia de maoístas, guevaristas y troskistas, pretendió subsanar los errores de sus antecesores y buscó privilegiar el trabajo de bases para otorgar fundamento sociopolítico a las operaciones guerrilleras. Su poder todavía surgía del fusil, pero no se podía hacer sin la clase obrera y los campesinos andinos, adecuadamente instruidos. A pesar de las divisiones políticas (los soviéticos del PCP, los maoístas, los troskistas y la nueva izquierda del MIR y de VR), se insistió en el trabajo con los sectores estudiantiles, campesinos y obreros, hasta que la historia los sorprendió una madrugada de octubre de 1968.

 

“EL PATRÓN NO COMERÁ MÁS DE TU SUDOR”

No es, como se dice, una frase de Túpac Amaru. Según los rumores, proviene de una reunión que tuvo Carlos Delgado, uno de los intelectuales de la dictadura velasquista, con célebres lumbreras del país en apoyo a la Reforma Agraria. Ya sabemos que las reformas de Velasco fueron el primer histórico baldazo de agua fría para la izquierda: un grupo de militares progresistas asaltaban el poder (no unos cuantos guerrilleros) para dirigir un gobierno de carácter socialista. Lo que no hemos rescatado adecuadamente es que es aquí donde se origina el reconocimiento de una “ciudadanía social”, primero entendida como justificación y luego como emblema.

Al anular el régimen de la democracia representativa y cancelar derechos y libertades fundamentales, el autodenominado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas buscó legitimarse en el reconocimiento de derechos económicos y sociales mediante una legislación que promovía la relación directa y corporativa entre el Estado y la sociedad organizada. Se optó por una política de cooptación del movimiento social, donde la movilización era promovida desde el propio Estado a través del Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (SINAMOS), limitando la autonomía de los actores colectivos, a quienes en teoría representaba. Pero no se puede democratizar una sociedad desde una dictadura.

El modelo estatista empezó a resquebrajarse y volverse impopular en una sociedad movilizada, que desbordaba incluso a la autoridad militar. La izquierda que había optado por la abstención (el PCP y las ex guerrillas, como se sabe, se unieron desde el inicio a esta dictadura), encontró la oportunidad para relanzar su prédica, mientras que una disidencia minúscula y casi imperceptible hasta entonces (Sendero Luminoso) pasaba a la clandestinidad para iniciar la lucha armada. El llamado a la Asamblea Constituyente y a elecciones generales encontró a la izquierda en off-side, sin haber decidido si encauzar el movimiento popular por las vías de la insurrección o la subversiva. En medio de esas vicisitudes, volvimos a la democracia.

 

EL DESCUBRIMIENTO DE LA DEMOCRACIA

La década del ochenta vino cargada. La democracia pasó de ser una promesa a una pesadilla. La izquierda tardíamente se unió bajo un gran frente electoral y reconoció que la inercia los llevaría por el camino de las urnas. Pero mientras Izquierda Unida cosechaba los primeros éxitos electorales (la elección de Alfonso Barrantes como alcalde de Lima y otros cargos ediles y parlamentarios), Sendero Luminoso iniciaba su lucha “del campo a la ciudad”. La violencia armada condujo al sinsabor de las definiciones. La izquierda electoral descubrió la razón de la democracia, se convirtió en el principal defensor de los derechos humanos y reconoció que debía conquistar a la sociedad civil organizada para sostenerse en el tiempo, sin ser confundida con los que insistían en la salida armada.

La sociedad, sin embargo, había cambiado tan severamente que estaba fuera del alcance de los manuales marxistas. La búsqueda del sujeto colectivo clasista se complicó ante una sociedad más informal en términos económicos, con procesos de migración complejos (producto de la economía y de la violencia), centralista, con periferias marginales de reivindicaciones inmediatas (la habilitación urbana) antes que sueños revolucionarios. La sociedad fragmentada y la política personalista fueron el contexto propicio para una reestructuración social de acuerdo con los principios del individualismo de mercado. La crisis económica se resolvió en clave neoliberal, produciendo agudas dislocaciones sociales, socavando la capacidad de los sectores sociales de sostener políticamente un proyecto alternativo. La izquierda electoral, en su mejor momento, aparecía muy acotada, restringida a sus élites y sin capacidad de ver más allá de sus interlocutores inmediatos.

El régimen autoritario fujimorista reprimió la movilización social y optó por una relación clientelar. Por un lado, la izquierda subversiva había sido derrotada militarmente quedando aparentemente truncado cualquier camino armado de aspiraciones “revolucionarias”. Por otro, los remanentes políticos de la izquierda electoral terminaron tan desorientados que hicieron pactos de variopinto color político, perdiendo así su perfil ideológico.

Al restablecerse la competencia política hace doce años, las tres izquierdas pasaban por su peor momento. La subversiva era prácticamente un fantasma, reducida a su expresión más narco en el VRAE. El movimiento social había perdido norte, pero no quedaba insatisfecha. Aparecieron nuevas agendas con una diversificación aún mayor (étnica, anti-minera, post-materialista) que reproducían la atomización. La electoral no pasaba por sí sola ninguna valla electoral y tomó el atajo del outsider militar Ollanta Humala en el 2011. Se demostraron tan prescindibles que terminaron siendo relegados de la coalición gobernante.

Sin una izquierda electoral competitiva, pero con un movimiento social agitado por la conflictividad, los herederos de la izquierda subversiva resucitan a lo Walking Dead, buscando capitalizar la oportunidad en nombre de Abimael Guzmán. Es en este momento donde se comprueba que no hemos aprendido lo suficiente, hemos quedado left behind.

 

LEFT BEHIND

No he presentado los matices ideológicos que abundan en ese rincón zurdo de la política. ¿Se hubiera imaginado usted? ¿Quiénes siguen apoyando la dictadura de los hermanos Castro y quienes no? Ese fue el impasse entre Susana Villarán y Javier Diez Canseco en el 2006, cuando ninguno llegó al 1%. Es el tipo de desencuentros que ha caracterizado a la izquierda con diferentes raíces (rusas, chinas, cubanas, tropicales, caribeñas). El propósito de este artículo es hacer explícitas las tres lógicas de actuación que han guiado a la izquierda en los últimos cincuenta años, ya que en ellas, considero, se encuentran las posibilidades de su modernización.

Cuando la izquierda electoral estrecha lazos con la izquierda del movimiento social se encuentra más cerca del modelo representativo y moderado, que respeta la democracia partidaria sin dejar de ser portavoz de las demandas de los sectores que moviliza. Esa izquierda, lamentablemente, no existe en nuestro país. Lo que es peor, termina convertida en un club de amigos, con mucha ONG y “manos blancas”, pero aislada de la ciudadanía. El proceso de revocatoria a Susana Villarán es quizás la imagen más cruel de las consecuencias de una izquierda despistada.

Cuando la izquierda antisistémica estrecha lazos con la izquierda del movimiento social está más cerca del modelo de izquierda autoritaria, como el chavismo en Venezuela o el sandinismo en Nicaragua. La semilla de esa izquierda totalitaria la encontramos en Movadef y Conare, pero también en el etnocacerismo y los radicalismos universitarios. Sus convicciones democráticas son tan sinceras como su mea culpa por los años de violencia.

En general, sí hay un espacio de crecimiento para la izquierda en el país, como en cualquier otro que tenga un modelo de desarrollo que reproduce desigualdad. Por eso es necesario que sea la izquierda moderna la más viable. En ese sentido tienen razón, hasta cierto punto, aquellos que han puesto en el debate actual la urgencia de una “lucha política” con Movadef. Sin embargo, este enfrentamiento no debe darse solo en el plano discursivo, sino sobre todo en generar vínculos políticos reales con el movimiento social. Mientras la izquierda electoral siga ensimismada en sus cuatro esquinas limeñas, la izquierda insurrecta ganará más terreno.

Si comparamos nuestra izquierda con sus pares latinoamericanos, el balance se relativiza. Hay versiones autoritarias que hacen que la inocuidad de la nuestra resulte preferible. Sin embargo, al existir el espacio para una izquierda moderna que dé un giro social al actual modelo de desarrollo, nos quedamos todavía muy atrás ante la versión brasileña y chilena. Nuestra izquierda está todavía “left behind” de lo que quisiera ser, de la que necesitamos.

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