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Nuestro liberalismo

Alberto Vergara Paniagua
Ilustración: Lucho Chumpitazi

HERRAMIENTAS

PERO HAY UNA FASE EN LA QUE EL REALISMO ES EL CORRECTIVO NECESARIO PARA LA EXUBERANCIA DEL UTOPISMOAL IGUAL QUE EN OTROS PERIODOS EL UTOPISMO DEBE SER INVOCADO PARA CONTRARRESTAR LA ESTERILIDAD DEL REALISMO.

E.H. Carr

 

“¡Bastardo e ilegítimo!”, exclama dolido de sí mismo Edmund al inicio de El Rey Lear. El Conde de Gloucester concibió a Edmund fuera del matrimonio y, aunque lo valora y reconoce y Shakespeare nos hace saber que es talentoso y trabajador, nunca podrá acceder a los títulos de su padre pues están reservados a su hermano Edgar quien, aun si vago y desleal, es su hijo “legítimo”. Los espectadores o lectores de hoy hemos perdido de vista cuan naturales eran estas distinciones, cuan pétreo era este orden espontáneo de la sociedad donde el mero nacimiento marcaba ya el destino de cada individuo. El pobre Edmund, en estricto, no era una persona, sino una mera pieza en un estamento cuyos deberes y obligaciones quedaban plenamente identificados el día del nacimiento.

El liberalismo fue el petardo ideológico de aquel orden; buscaba destruir aquel régimen en el cual los individuos no estaban a cargo de sus destinos y quería reemplazarlo con uno donde cada quién pudiese construir su propia vida y conseguir aquello que sus talentos le permitiesen. Ante todo, el liberalismo es una conspiración política contra las desigualdades pretendidamente naturales en la sociedad. Y, como resultado de este rechazo, el liberalismo aspira a la aparición del individuo político, del ciudadano con voluntad y razón, deberes y derechos. Es el fundamento de las revoluciones estadounidense y francesa y su ímpetu contra la monarquía: individuos iguales y libres en un orden republicano. Volviendo a la pieza de Shakespeare: el liberalismo reclamaría que Edmund y Edgard sean lo que sus capacidades les permita y no aquello que la tradición les destina.

Es importante recordar este origen eminentemente político del liberalismo. Porque el liberalismo puede tener manifestaciones económicas (de la libertad económica más absoluta a ciertas formas de regulación de los mercados), pero esto es secundario frente a la aspiración primera del liberalismo que fue siempre política. Es bueno repetirlo en el Perú de hoy: ni el liberalismo es la ideología que surge para fundamentar el capitalismo como ha enseñado el marxismo de vulgata en nuestras universidades; ni su objetivo último es un mercado tan libre como sea posible, como asumen nuestros neoliberales autóctonos. Ambas miradas, secuestradas por la economía, pierden de vista que aquello que reúne a los liberales de todo signo es, antes que nada, el componente político de la doctrina. Pero regresaré al Perú de hoy, a sus añejos marxistas y a sus neoliberales oxidados, más tarde.

 

En el Perú no hubo liberalismo como doctrina política amplia y arraigada (como hubo en México), ni hubo partido liberal (como en Colombia o Chile). Como en tantos sitios, más bien, hubo individuos liberales, aislados y frecuentemente derrotados. Pero no me interesa aquí desenterrar los nombres de Francisco de Paula González Vigil o Francisco García Calderón, Juan Bustamante o Raúl Porras Barrenechea, los figurones, diversos y olvidados, de nuestro liberalismo. Prefiero centrar mi reflexión sobre otro liberalismo, algo que llamaré un liberalismo realmente existente a lo largo del siglo XX. Me refiero al reformismo liberal, anónimo, histórico, mayoritario y poco doctrinario que estuvo presente en el siglo XX peruano.

En el Perú, a lo largo del siglo XX, miles de individuos defendieron y se pronunciaron en favor de dos causas centrales que me parecen asimilables al liberalismo político. En primer lugar, la abolición del antiguo régimen a través de una reforma agraria que otorgase ciudadanía efectiva a millones de campesinos que en el Perú eran apenas súbditos, vasallos, pongos, indios, pero no ciudadanos. Vale decir, buscaban implantar un régimen político moderno de individuos iguales; una república que acabase con una comunidad política tan naturalmente desigual como aquella que castigaba al medieval Edmund de El Rey Lear. Y, en segundo lugar, las elecciones libres y democráticas como forma de acceder al poder para luego, desde el Estado, realizar las reformas que modernizasen la vida política del país. No formaban parte de la derecha que festejaba el statu quo asegurado por eventuales golpes de Estado, ni anhelaba el progreso que surgía del fusil comunista. Nuestros reformistas, anónimos y mayoritarios en un contexto de ciudadanía restringida, querían que el país tuviera elecciones, ganarlas y luego hacer reformas en un país que las necesitaba. No eran liberales doctrinarios, pero cargaban con un inconformismo social y civilizado, así como un ánimo de reforma política que me tomo la libertad de asimilar a un liberalismo intuitivo, práctico, realmente existente.

¿Quiénes eran estos liberales intuitivos y anónimos? Los hemos olvidado, pero no hace mucho fueron mayoría en el Perú. Era gente como mi abuelo, Alberto Paniagua. Mi abuelo creció en Puno y luego, al igual que tantos otros peruanos, migró a Lima final de los años treinta. Nunca militó en partido alguno, pero tuvo unas convicciones políticas sólidas e íntimas surgidas de la experiencia andina y puneña en particular. De joven participó de varios grupos indigenistas que fustigaban a los gamonales y al régimen peruano y escribió piezas de teatro donde el cura, el terrateniente o el juez eran rostro y alma del abuso permanente hacia el indio. Como miles de peruanos a lo largo del siglo XX, acompañó diversas opciones políticas que buscaban terminar con ese país naturalmente desigual. De joven tuvo simpatías por el APRA, pero su gran entusiasmo llegó luego con la breve presidencia de Bustamante y Rivero entre 1945 y 1948 (en un frente apoyado también por el APRA). Era una coalición que aglutinaba los esfuerzos reformistas de las nuevas clases medias peruanas. Entonces comenzó a trabajar con el ministro de educación, don Luis E. Valcárcel, en un gran programa nacional, los núcleos escolares campesinos (los alguna vez célebres NEC) que buscaban alfabetizar a la población campesina. Confiaba en la acción del Estado para terminar con las diferencias naturales de la sociedad peruana. Pero Odría decapitó sus esperanzas. Volvieron los militares al poder y con ellos la prepotencia y la chatura. Valcárcel fue defenestrado y las reformas se enarenaron.

Mi abuelo pasó entonces a trabajar en Naciones Unidas. Ahora alfabetizaría campesinos en Bolivia y Argentina. En eso estuvo dos décadas. Desde el extranjero detestó a Odría y cuando unos años después el APRA se alió con él, terminó de perder toda simpatía por el partido de la estrella. Al final de los cincuenta e inicios de los sesenta surgió otro actor al cual no le tenía ningún afecto: Hugo Blanco y las guerrillas. Fernando Belaúnde y Acción Popular en los cincuenta y sesenta, en cambio, fueron su última ilusión de votante reformista. Y luego lo de siempre, entrampamiento y golpe. Derrotado una vez más por los militares. Cuando se restableció la democracia en 1980 mi abuelo ya había vuelto a vivir al Perú y ya nada lo entusiasmó. Su última pasión política, en realidad, fue aborrecer a Fujimori cada día frente al televisor durante los noventa. Lo detestaba por pillo, por populachero, por gobernar con los militares, por no tener ningún sentido de patria. En suma, creo yo, maldecía a Fujimori por ser la versión última y reforzada de todo aquello que siempre lo había derrotado en su larga y personal vida política de liberalismo intuitivo, de reformista demócrata.

¿Era mi abuelo un caso aislado de este tipo de liberalismo político intuitivo que a lo largo del siglo XX combinó la confianza en las elecciones como forma de acceder al poder con la necesidad de llevar a cabo reformas que terminasen con una vida política peruana premoderna? Para nada. Uno más. A través de vehículos como el APRA, la Democracia Cristiana o Acción Popular, estas nuevas clases medias peruanas, provincianas en muchos casos, fueron mayoría electoral en el país a lo largo del siglo XX. Fueron nuestro liberalismo político “por abajo”, realmente existente, intuitivo y anónimo, aunque debieran votar por partidos que no eran en estricto liberales sino reformistas. Y ganaron elecciones cada vez que pudieron ir a votar. Derecha e izquierda desconfiaron de ellos por igual. Situación que acaso defina mejor que ninguna otra al liberalismo político.

 

Esta tradición popular, exitosa e intuitiva del liberalismo político me resulta relevante hoy. Olvidarla nos lleva a creer que somos un país predeterminado para la servidumbre. Hace unos meses, cuando se cumplieron veinte años del golpe de Estado de Fujimori, fuimos testigos de debates patéticos entre partes que trataban de establecer si el autoritarismo de Fujimori había resultado mejor o peor que el de Velasco. Un duelo de autoritarismos. Es cierto, tal vez son los dos gobiernos que han dejado más huellas en el Perú contemporáneo, pero es una injusticia histórica enorme que pensemos nuestra tradición política como un duelo entre mandones de derecha y de izquierda. También poseemos una tradición importantísima de reformismo moderado y democrático. No estamos destinados a ser mangoneados. Poseemos una tradición que se opuso siempre tanto al violentismo de raíz leninista como al golpe de Estado saludado por la derecha peruana. Y es momento de rescatar esa tradición.

Hoy el liberalismo en el Perú se divide en dos bloques. De un lado, una derecha que le gusta llamarse liberal pero que no lo es. El mejor ejemplo de esto es el director del diario Correo. Su columna y periódico son un vehículo de defensa de los estamentos más claramente antiliberales de la historia occidental: la Iglesia Católica y los militares. Esto seguramente no hace de él un fascista, pero con toda certeza impide caracterizarlo como liberal. Como él, abundan en el Perú, conservadores cercanos al fujimorismo que por la vía de un pase de magia lingüístico quieren ser liberales. Son la versión contemporánea de esos liberales del siglo XIX que, cuenta Cristóbal Aljovín, en público admiraban a Washington y en privado a Napoleón. Y luego tenemos a nuestros liberales, estos sí auténticos, pero anclados a los años noventa. Los reúne un miedo insuperado al Estado. Este tiene un origen doble y legítimo. De un lado, tiene una raíz filosófica y, del otro, carga con la experiencia del fracaso del Estado populista pre-Fujimori. Filosofía e historia han inmovilizado a este liberalismo en los años noventa. Que nada se toque es su divisa. Del inconformismo natural que debe cargar el liberalismo, muy poco; es un liberalismo sin dientes, conformista, similar a ese personaje de Jaime Roos que había pasado toda su vida cuidando el empate.

Déjenme poner un ejemplo con uno de nuestros mejores y auténticos liberales. Gonzalo Zegarra, director de Semana Económica, escribió hace algunos meses una columna donde denunciaba que en un club campestre limeño se discrimina a las empleadas domésticas pues existen baños reservados para ellas y otros para las socias del club. Argumentaba Zegarra impecablemente que “distinguir entre ‘hombres’ y ‘hombres de color’ o ‘mujeres’ y ‘empleadas’ equivale a implicar que los de color no son plena y/o simplemente hombres, y que las empleadas no son iguales al resto de mujeres que pueden usar un baño”. No podría estar más de acuerdo con Zegarra. Pero apenas un párrafo más abajo de esta denuncia agregaba que, aunque estaba contra este tipo de práctica, “no pretendo que la ley prohíba los baños para nanas o se inmiscuya en los clubes violando la libertad de asociación”. Este me parece un ejemplo paradigmático de nuestro liberalismo falto de voluntad, preso de su miedo al Estado. ¿Por qué una práctica que el propio autor describe como algo que implica la des-humanización de un individuo (ni más ni menos) debería ser pasada por agua tibia en un Estado de derecho democrático? ¿Hasta dónde llega el pánico al Estado? Ojo, no estamos discutiendo la nacionalización de la banca. Es algo mucho más básico, se trata de la discriminación más abusiva y premoderna y, sin embargo, anclados a los noventa, le tenemos espanto a la acción estatal.

El neoliberalismo fue un movimiento crucial de renovación en el mundo. En términos filosóficos, intelectuales como Robert Nozick vigorizaron el debate sobre las relaciones entre Estado y economía y legitimaron una corriente de pensamiento que establecía, en resumen, que las desigualdades económicas (incluso las más grandes) podían ser absolutamente justas. En términos políticos, Margareth Thatcher y Ronald Reagan encabezaron una rebelión contra el Estado de bienestar cuya premisa sigue siendo un dolor de cabeza para los socialistas: ¿por qué el Estado debería acudir en ayuda de quienes no son responsables de su propia conducta económica? Mucho de esto llegó al Perú a fines de los ochenta de la mano de Mario Vargas Llosa el político y del libro de Hernando de Soto, El otro sendero. El neoliberalismo fue, en el mundo y en el Perú, un huracán renovador, positivo, urgente.

Pero su hora ha pasado largamente. En los últimos meses, intelectuales tan poco propensos al socialismo como Francis Fukuyama o Mark Lilla han hecho hincapié en la necesidad de una derecha reconciliada con el Estado y sus instituciones. Y medios tan lejanos de algún tipo de socialismo como el Financial Times o The Economist han subrayado la urgencia de un Estado renovado no solo para patrullar los codiciosos mercados financieros y la crisis desatada, sino para superar desigualdades sociales que se han convertido en un verdadero problema para la salud del capitalismo contemporáneo. ¿Qué significa todo esto en el Perú? Significa despercudirse de los noventa y obligar a que nuestro liberalismo se ocupe del Estado y de las instituciones. Es aquí, entonces, cuando se hace urgente rescatar nuestro viejo liberalismo realmente existente del siglo XX. No se trata de cerrar nuestra economía y regresar al desayuno con leche Enci y pan popular, se trata de afrontar problemas nuevos para los cuales el neoliberalismo de los noventa, en el cual seguimos imbuidos, no estaba preparado.

 

El principal entrampamiento de nuestro establishment es la celebración de la inacción. La idea de que el crecimiento económico, poco a poco, por sí mismo, resolverá cada uno de los problemas del Perú. Ojalá fuera así. En realidad, sin una preocupación por el Estado y sus instituciones, muchos de ellos no se resolverán jamás, o se agudizarán. Nuestro Estado sufre problemas de distinta naturaleza: de legitimidad, de diseños institucionales, de capacidad para hacer cumplir la ley, y de alcance territorial, entre otros. Y cada una de estas debilidades genera problemas, conflictos, insatisfacciones, en otras áreas del país. Permítanme plantear unos cuantos ejemplos antes de terminar.

Como aprendemos pronto los politólogos, la democracia es el régimen político por el cual se gobierna un Estado. Este le antecede y su funcionamiento correcto es parte fundamental de una democracia robusta. Pero, además, como argumenté en mi libro del 2007 sobre las elecciones en el Perú, el contacto del ciudadano con el Estado modera su voto, la rebeldía populista está fuertemente asociada a ciudadanos que carecen de contacto con el Estado y sus instituciones. Vivir en un país democrático, entonces, pasa necesariamente por vivir en un país con un mejor Estado.

Otro ejemplo, la descentralización. Es una reforma con muchos límites y consecuencias perniciosas para el país político, que no parece estar dando lugar a un sistema político más cohesionado. Pero nuestro establishment liberal solo se acuerda de la descentralización cuando un presidente regional se opone a una inversión privada y, entonces —solo entonces—, surgen propuestas para reformarla cosméticamente, con iniciativas que, más que genuinas preocupaciones por el sistema político, parecen estar destinadas a bajarle el moño a esos provincianos igualados. El desinterés por el Estado se hace patente hasta cuando, esporádicamente, nuestro establishment se interesa por él.

De otro lado, las instituciones reducen la incertidumbre, aseguran la continuidad de las políticas y garantizan que ciertos procesos se desarrollen en el tiempo. Pero pensemos en un ministerio crucial como el de educación. En los últimos veinte años se suceden ministros con perspectivas radicalmente distintas uno del otro (incluso al interior de los quinquenios presidenciales) sin que nadie sepa cuál debería ser su rumbo, mientras nuestra educación pública sigue a la deriva. O pensemos en el Ministerio del Interior donde también se reemplazan los ministros a cada tanto sin que nadie tenga mucha idea de para qué se les alterna. Y sin que nadie tenga el coraje ni las ideas para saber hacia dónde habría que enrumbar una institución tan trascendental. Ahora bien, desde la lógica de los noventa esto no es problemático: que los pobres manden sus hijos a la escuela fiscal mientras los nuestros van a colegios privados. Y, en cuanto a la seguridad: que se parapeten entre rejas y guachimanes los que puedan. Contra la intuición, en el Perú no es que el Estado corrija las fallas del mercado, sino el mercado el que enmienda las falencias del Estado.

Un último ejemplo de los nuevos problemas difíciles de pensar y abordar desde las anteojeras de los noventa: hace veinte años lo que buscábamos era tener una economía dinámica que generase puestos de trabajo; habiendo conseguido esa economía más próspera, ahora nos hace falta problematizar otras cuestiones que no teníamos en el radar, por ejemplo: ¿por qué la gran mayoría de las peruanas con empleo, en cualquier rama de la actividad económica, gana menos que los hombres por idénticos trabajos? ¿Por qué ellas se amontonan en las escalas más bajas de las empresas (o cualquier actividad) mientras los hombres prosperan en estas? No es el mercado el que va a solucionar este preciso ejemplo de desigualdad creciente. La actitud neoliberal de los noventa frente a este problema será como la de Ahmadinejad frente al homosexualismo en Irán: ese no es un problema porque ese problema no existe.

Así, nuestras falencias institucionales tienen consecuencias sobre nuestras vidas, sobre la democracia, sobre el mercado, sobre la igualdad de nuestros ciudadanos. Pero la inercia neoliberal de los noventa nos empuja a observar esto con fe de carbonero, confiados en que, de alguna manera, nuestro crecimiento económico se ocupará de solucionar estos problemas. Desde luego, no soy el único en señalar los límites de la confianza ciega en la economía como motor único de las mejoras en el país y se sienten cambios en el establishment, tanto en la opinión pública como en el propio estado. El libro de Jaime de Althaus, La promesa de la Democracia, contiene ideas y preocupaciones sobre las instituciones en el Perú originales e importantes. La confianza que el MEF deposita en el nuevo Midis también parece ser un signo de cambios en la dirección sugerida.

Porque el crecimiento económico algún día se desacelerará y entonces deberemos enfrentar una serie de problemas que dormitaban bajo el opio del consumo. Las instituciones fuertes y legítimas servirán cuando las vacas enflaquezcan. La preocupación por las instituciones no tiene por qué ser pesimista, ni una que socave los consensos generados en el Perú sobre el manejo económico. Ella debería, más bien, cargar un ímpetu inconforme, optimista, una agenda liberal y reformista; debería empujarlo la convicción de que estamos en un momento fundamental para que el Perú no sea solamente un país cada vez menos pobre, sino también, y sobre todo, uno cada vez más sano, más próspero. De la sociedad rica a la sociedad sana se viaja en el tren de las instituciones. Emprender ese viaje implica deshacerse del liberalismo oxidado, y rescatar el fuego inconformista de nuestra olvidada tradición reformista. El de nuestro viejo e intuitivo liberalismo político.

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