/::
               
      

Mi vida después de Facebook

Pedro Ángel Palou

HERRAMIENTAS

 Hace pocos años me burlaba de un amigo que tenía dos blogs, su cuenta en Facebook, otra en Twitter y que cuando era interrogado sobre dónde vivía se limitaba a responder, “en mi correo electrónico”. He de admitir que yo también caí en la tentación y que, como él, empecé a vivir una vida vicaria, ajena a mí mismo, digital. En lugar de consultar una o dos veces al día mis redes sociales volvía una y otra vez a ellas como a un oráculo descompuesto que, si bien no me decía nada nuevo, me atrapó voraz, hasta hacerme adicto a la actualización de estados, aunque confieso que el Twitter, en cambio, no se me volvió sino una herramienta secundaria, algo ajena. Dejé de bloguear, ese arte tan nuevo que ya había pasado de moda. Lo curioso de la mutación es que si postear en un blog me parecía ya inicialmente un exhibicionismo excesivo, el Facebook se convertía en un curioso lugar sin lugar, donde todos somos chivos en cristalería. Seres sensibles y, por ende, dispuestos a sentirnos ofendidos (es asombroso cuánto del bla bla bla de las redes se va en comentar lo que nos disgusta el comentario de otro).

Mis “amigos” se desbordaron, hasta superar los 5,000 (confieso, también, que a la mayoría no la conozco) y las actualizaciones de sus propios estados se convertían, así lo creía ingenuamente, en una novela colectiva, suerte de Comedia Humana del Siglo xxi. Un día me topé en la calle con uno de ellos, de mis amigos. Habíamos chateado un par de veces dentro de la red. En vivo, cara a cara, no tuvimos qué decirnos. El silencio era incómodo. Él mismo propuso: “¡Bye, nos vemos en Facebook!”.

Zadie Smith en su reseña para The New York Review of Books lo dijo mejor que nadie: “Hoy Facebook determina la naturaleza de nuestras relaciones humanas”. Su creador, sin embargo, no sabía relacionarse con los demás cuando era estudiante en Harvard, por eso creó la interfase. Zuckerberg es además ciego a los colores, lo que explica el color azul omnipresente en su Facebook. En su red todos somos maravillosos: los niños son hermosos, los viajes no tienen ninguna aventura contable pero todo sale a pedir de boca. Henri de Montherlant dijo que la felicidad se escribe con tinta invisible en la página blanca: no destaca. A nadie le interesaba en la época del escritor francés que una postal con matasellos de una tierra lejana dijera simplemente que el clima era maravilloso o los días simples y banales. Sin embargo, ahora de esa banalidad, de esa simpleza están hechos no sólo los días sino los instantes de Facebook. Una persona actualiza su estado para decir con absoluta claridad que es feliz, que está enamorado o incluso que ya no está enamorado, mediante botones que simplifican la vida y a la vez la vuelven llana y lisa. Pero, más aún, Facebook no ecualiza la realidad de manera directa, al contrario, magnifica las experiencias de cada uno de sus usuarios, aunque provoca de rebote esa estandarización, a todos, gracias a la red social, nos va muy pero muy requetebién.

La red, entonces, no socializa. Es un gigantesco spam que nos engulle. Por otro lado, la ilusión de que estamos comunicados es aún peor. Creemos que nos encontramos con otros porque estamos conectados, no relacionados. Ésa es la gran paradoja de nuestra modernidad tardía. El Twitter no es un trino sino un cacareo cacofónico. Lleno, además, de vendettas. “¡Ya no te sigo!”, se ha convertido en la peor amenaza para alguien. Y en medio de todo esto, la estafa: las compañías que te prometen seguidores en masa, miles de bots ficticios. Están, por un lado, los trolls que insultan envueltos en su anonimato y, por otro, los que alaban a mansalva. Los dos son mercenarios de esta era digital. No existimos, hemos perdido nuestras de por sí precarias identidades.

La semana pasada decidí cerrar mi cuenta de Facebook. (¿Lo han intentado? Es más difícil que mudarse, por cierto) y mi cuenta de Twitter, que una compañía utilizó hackeándome, para publicitar píldoras para adelgazar también milagrosas. Desde entonces he vivido feliz. Sin ansiedad. No enciendo mi computadora a cada instante ni tengo que retirarme de mis interacciones reales para actualizar mi estado, para presumirles a los otros –a quienes no les importa, por cierto– con quién estoy, qué como, a dónde viajo, nunca más. Ahora simplemente voy a un restaurante y comparto con mis amigos de carne y hueso lo que comemos allí. No tengo necesidad mayor que esa balsámica amistad. Si me enojo, por supuesto, lo hago también entre personas concretas, con quienes puedo discutir de verdad (y debatir, si es necesario, mi punto de vista). Extrañaba esa interacción, la otra –la digital– me estaba ahogando, como quizá ocurra con muchos de ustedes. No he perdido la comunicación con nadie, allí siguen estando el teléfono, el correo postal y, para asuntos urgentes, el correo electrónico.  He vuelto a poner los pies en la tierra.

Porque el nuevo lujo burgués es estar libres de distracciones en esta era de la hiperconexión.  El goce de la quietud, o del silencio (de las molestas intromisiones, por ejemplo, de la notificación perpetua: nuevo correo, nuevo mensaje, nuevo Twitt, repiqueteo neurótico que asfixia). El agresivo comentador, esa especie novedosa, puede seguir existiendo sólo que ahora no tengo que leerlo.

COMENTE ESTE ARTICULO

Nombre
Email
Comentario
   
Sea el primero en Comentar este Artículo!