Por Alberto Aguirre M.
El principio aplica igual para un criminal o un manifestante. La clave principal: la disuasión de una conducta incorrecta. Y para ello la policía debe aplicar tres criterios: constitucionalidad, consistencia y compasión. La teoría de las “tres C” funcionó tanto en Boston como en Nueva York y Los Ángeles, donde este hombre fue jefe de los cuerpos policiacos. Y también funcionan en Londres, donde asesoró a Scotland Yard, en particular para frenar a las pandillas juveniles.
Esos principios son los que pregona William James Bratton, experto en devolver la confianza ciudadana a las corporaciones policiacas. Entrevistado en la ciudad de México, utiliza una frase para referirse al uso del Ejército en tareas de seguridad pública: es legal pero horrible.
Con la misma claridad y contundencia, refiere que el único interés de las bandas criminales es económico. Y sabe que, ahora mismo, México no cuenta con una policía capaz de garantizar la seguridad de la población; por eso sostiene que las fuerzas armadas sólo podrán regresar a sus cuarteles cuando los policías tengan esa capacidad.
¿Una policía nacional? ¿Un mando único? “Una misma talla no puede usarla todo el mundo”, describe William Bratton, uno de los mejores jefes policiacos del que tengan memoria en Estados Unidos.
Ahora, al frente de Kroll Advisory Solutions, Bratton analiza para PODER los dilemas que afrontará el gobierno de Enrique Peña Nieto en material de seguridad pública. En la víspera, Peña Nieto había solicitado formalmente al presidente francés Francois Hollande su asesoría para adaptar el modelo de la Gendarmería Nacional que opera en tierras galas, a la realidad mexicana.
Antes, durante su campaña presidencial, el ex gobernador del Estado de México respaldó públicamente la instauración de un mando policial único, propuesto por el presidente Felipe Calderón Hinojosa, y llegó a considerar como un prototipo al Cuerpo de Carabineros de Chile.
—¿Cuál es el mejor esquema? —se le pregunta a Bratton, quien cumplió con una carrera policial a lo largo de cuatro décadas.
—No puedo formular una respuesta concreta para el caso mexicano, pero déjenme darles un ejemplo: en Irlanda del Norte, donde la violencia sectaria entre católicos y protestantes se radicalizó hace casi 100 años, la Corona envió al Ejército Británico a trabajar con las policías locales. Algo parecido pasa en México. Y en Colombia, donde en el tiempo del general Óscar Naranjo, tuvieron que usar al Ejército para frenar a la violencia. Aunque ahora el Ejército está dedicado a enfrentar a la guerrilla, y la Policía Nacional tiene que lidiar con los otros conflictos criminales.
—Entonces, ¿estaría de acuerdo con militarizar los cuerpos policiacos?
—Cuando la problemática de la violencia es grave, el uso de las Fuerzas Armadas resulta apropiado, pero al paso de cierto tiempo, la idea es devolverlas a los cuarteles, aunque esto será posible sólo cuando la policía sea capaz de enfrentar a la amenaza del crimen organizado. Eso fue lo que pasó en Irlanda del Norte: la policía se preparó y fue más capaz, pero hasta entonces las Fuerzas Armadas tuvieron condiciones de retirarse.
Bill Bratton estuvo en la ciudad de México a mediados del pasado mes de octubre. Una visita rápida, de apenas 72 horas, con una agenda intensa que casi todo el tiempo se desarrolló en las oficinas de Kroll en lo más alto de la Torre Mayor, en el corazón del Paseo de la Reforma.
Además de supervisar el funcionamiento de las oficinas para México y América Latina, el experto pudo atender personalmente a algunos de sus clientes mexicanos y tener entrevistas con tres de los principales medios de comunicación mexicanos. Proveniente de Londres, quiso aprovechar la estancia para reunirse con un viejo compañero de luchas, el general Naranjo, ex jefe de la Policía Nacional de Colombia, quien acaba de asumir la presidencia ejecutiva del Instituto Latinoamericano de Ciudadanía, un centro de estudios que tiene su sede en el Tecnológico de Monterrey, Campus Santa Fe.
“Conocí al general Naranjo en Colombia –recuerda–, tuve la fortuna de ser su huésped en varias ocasiones, cuando él todavía estaba a cargo de las fuerzas policiacas en Colombia. Desde entonces se ganó mi respeto. Soy un gran admirador de él y de lo que el gobierno de ese país hizo para lidiar con sus problemas, que abarcaban a las [guerrillas de las] FARC y los carteles [del narcotráfico], además de los criminales tradicionales”.
Bratton preparó una presentación para exponer, ante un selecto auditorio, los programas más exitosos implementados en Estados Unidos para combatir a la delincuencia. Pero corrió con mala suerte: su amigo colombiano tuvo que trasladarse hasta la capital regiomontana para acompañar a su antiguo jefe, el ex presidente César Gaviria, durante la reunión que sostuvo con empresarios de Nuevo León en las instalaciones de Femsa.
“El propósito era hablar en positivo del combate a la criminalidad –lamenta Bratton–, Naranjo es un hombre al que admiro y respeto. En buena medida, el mundo de las corporaciones policiacas es similar al ámbito de los negocios y las empresas: debes buscar y conocer lo que otros hacen bien, para aprender de ellos. Y de la experiencia colombiana aprendimos mucho”.
Resulta difícil imaginar que Bratton pueda recibir enseñanzas en materia policial. Hasta hace tres años estuvo al frente del LAPD, la policía angelina, y cumplió con su propósito de limpiar la imagen de una corporación discriminadora y represiva. En 1994, el alcalde Nueva York, Rudolph Giuliani, lo sacó de la dirección de tránsito y lo nombró comisionado de la policía, con una misión específica: aplicar la teoría de las “ventanas rotas” que postulaban los profesores de Harvard Robert Kelling y James Q. Wilson.
En efecto, fueron los años de la “tolerancia cero” para reducir los índices criminales, pero esa política se aplicó también al interior del Departamento de Policía de la Gran Manzana, donde al tiempo de que limpiaba la corporación, tuvo que revitalizar la moral de los policías que no se corrompieron.
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William Bratton acaba de cumplir 65 años, aunque parece de mayor edad. Bostoniano, originario del barrio de Dorchester, apenas acabó la preparatoria ingresó a la reserva del Ejército y lo enviaron a Vietnam, como elemento de la Policía Militar. Regresó en 1970 y de inmediato solicitó su ingreso a la Policía de Boston, donde tuvo un ascenso fulgurante, hasta convertirse en el superintendente ejecutivo, el segundo cargo de mayor importancia en la corporación. Apenas tenía 32 años.
En aquellos años estableció contacto con Kelling, profesor de la Escuela de Gobierno John Kennedy, y con muchos otros maestros de Harvard que contribuyeron a conformar la metodología que aplicó exitosamente en Boston, como jefe de policía de la autoridad portuaria, y después en Nueva York.
Tan importante como las relaciones académicas en la carrera de Bratton, es su matrimonio con Rikki Klieman, en 1999. Doctora en Derecho y conductora de televisión, estuvo en la portada de la revista Time en 1983, cuando fue considerada como una de las cinco abogadas más influyentes en la Unión Americana.
Bill, como le llamaban en el medio policiaco, se ganó la portada de Time en 1996. El encabezado era más que elocuente: “Finalmente estamos ganando la guerra contra el crimen”.
Además de la teoría de las ventanas rotas, Bratton introdujo un sistema conocido como Compstat, que consistía en reuniones periódicas con los jefes distritales de la policía, en las que se evaluaba su desempeño y se revisaban las estadísticas criminales. Al paso de las semanas, quienes mejoraban recibían ascensos, mientras que eran regañados aquellos que no cumplían con las metas.