/::
               
      

Arquitectura peruana: Del desierto a Venecia, la invención de un territorio común

¿Cuántas veces se nos ha dado la oportunidad de pensar una ciudad desde la nada? Pronto veremos emerger Olmos, el próximo polo de expansión agrícola del norte del Perú. La obra titánica bien se merecía la primera participación del Perú a la Bienal de Arquitectura de Venecia.

Por Patricia Ciriani Espejo

Montaje actual de la Bienal de Venecia 2012.

HERRAMIENTAS

Cuando en diciembre pasado se formalizó el túnel transandino de 20 km de largo y a 2 km de profundidad, construido en tres años por la brasileña Odebrecht, un sueño de 80 años empezaba a tomar realidad. Con el embalse y los canales de irrigación que faltan consolidar, en un par de años los dos costados de los Andes recibirán igual fortuna hidráulica, y 43.500 hectáreas de pampa serán irrigadas por primera vez. Entonces se necesitará urgentemente unos 100 mil agricultores, que transformarán la vida del tranquilo distrito lambayecano de Olmos y sus 4 mil habitantes. Paralelamente, se prevé un crecimiento de la capacidad agrícola del país de nada menos que 15%.

 

Radicalmente opuesto a la situación actual del empleo en Europa, en Olmos el dilema es: ¿de dónde vendrá la mano de obra calificada para trabajar las miles de hectáreas ganadas a la sequía? Una pregunta algo obscena si se considera que toda la Región Lambayeque ‘sufre’ de pleno empleo. Y cuando lleguen, ¿cómo arraigar a estos futuros trabajadores desplazados de regiones lejanas? Bajo estas premisas, 20 equipos de arquitectos de Lima y Chiclayo aprovecharon la oportunidad del lema Common Ground de la 13ª Bienal de Arquitectura de Venecia dirigida por el inglés David Chipperfield, y juntos inventaron la futura ciudad de Olmos.


UN PROCESO PARTICIPATIVO EXCEPCIONAL

Reunidos en la flamante escuela de arquitectura de la Universidad de Lima, los arquitectos se reunieron diez sábados y cada equipo produjo al final un esquema urbano y la maqueta escultórica de una manzana de 500 x 500 m, ingeniosamente llamada ‘huaqueta’, en referencia a los huacos mochica (100-700 d.C.). En su mayoría, las estrategias urbanas modelan unas zonas techadas para crear sombras, dejan libre el diseño de las viviendas (51.1), aprovechan los canales de irrigación como base de la nueva trama urbana (Sharif Kahatt y Marta Morelli). Acondicionan los llenos y los vacíos (Llosa Cortegana) para una densidad controlada, constante (Barclay & Crousse) o baja (Juvenal Baracco, Javier Artadi). Todos favorecen el algarrobo autóctono, tanto por su capacidad de resiliencia al desierto como por su sistema orgánico de expansión territorial (David Mutal). La división en tres del espacio según la cosmovisión mochica (Nómena), como el equilibrio espiritual entre los elementos naturales y artificiales (Luis Longhi) ha sido pensada para que los inmigrantes se reencuentren con sus tradiciones milenarias. El resultado es un collage de manzanas –ubicadas por sorteo– que conforman el plan maestro reducido a una trama urbana rectangular. Tantas individualidades reunidas no podían conciliarse en una visión conjunta. Asimismo dejaron la huella de su multiplicidad en una ciudad fragmentada y plural.

Jamás hubo en el Perú un taller experimental colectivo de tal envergadura, además con los equipos que más construyen y más influencia tienen en el Perú actual. No suelen colaborar juntos, a veces ni se conocían y se pusieron con entusiasmo a comparar sus métodos y exponer sus procesos de reflexión. Los mismos participantes se quedaron maravillados de la cordialidad de los debates, incluso el veterano de todos, Juvenal Baracco, que diseñó el último edificio-calle de la Universidad Ricardo Palma, y habrá presenciado más de una pelea de egos en sus 40 años de enseñanza y profesión.

Bien heroica resultó ser esta treintena de arquitectos reunidos por Enrique Bonilla y José Orrego, en el marco de la muestra de arquitectura ‘Yucún. Habitar el desierto’ en el Arsenale de Venecia (www.yucun.pe). Nadie les pedía nada, y menos preocuparse por dar la garantía de una estadía placentera a los futuros habitantes de Olmos. Nadie les ayudó en un principio, y tuvieron que aportar no solo su tiempo y energía, sino de su propio bolsillo para que el proyecto salga adelante.

Hacía cuatro años que el arquitecto Enrique Bonilla, decano de la escuela de arquitectura auspiciadora, y promotor de la imperdible Guía de arquitectura y paisaje de Lima y el Callao (2009), intentaba llevar el optimismo constructivo peruano a Venecia. Su impulso natural con su compañero comisario de la muestra, el arquitecto José Orrego, fue pedir el apoyo de Promperú. Se trataba del diseño de una ciudad, se presentaba por primera vez al mundo el pensamiento crítico de muchos profesionales reconocidos, que se apoyaban no tanto en cálculos de ingeniería, sino en los principios fundamentales del urbanismo y la antropología urbana. Se consideraba un antiguo territorio moche con visión al futuro. Grande fue su desconcierto cuando Promperú respondió que la arquitectura no era considerada en su reglamento como un acto cultural y, por tanto, no merecía su financiamiento. Aunque la institución de promoción de la exportación y el turismo reconozca luego que se debería corregir tan grave error, su desinterés hizo que la delegación de arquitectos peruanos fuera la única que no contó con ningún apoyo estatal entre los 55 países participantes.

¿Acaso la creación de una ciudad no es motivo de admiración para un mercado occidental ahora hundido en la crisis económica? Olvidando el cliché de un Perú andino, tierra de los Incas, con su Machu Picchu de postal, esta puesta en común de altos recursos intelectuales debería servir de modelo para los inversionistas, tanto públicos como privados, para dar paso a una planificación concertada de las ciudades peruanas en constante expansión demográfica. Podemos soñar ahora con un ‘territorio común’ de Lima, ahora mismo que se está definiendo el nuevo plan maestro de la capital.

COMENTE ESTE ARTICULO

Nombre
Email
Comentario
   
Sea el primero en Comentar este Artículo!