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La pandilla de Zúrich

Desde los pasillos de la FIFA, una documentada historia de cómo un peculiar grupo de personajes se enriqueció a costa del pasatiempo más millonario de nuestros días.

Por Juan Carlos Ortecho / Infos
Ilustración: Luis Guizado

HERRAMIENTAS

Nosotros nunca acudimos a extraños, si tenemos problemas en nuestra familia, los resolvemos dentro de la familia”.

Joseph ‘Sepp’ Blatter, actual presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA)

 

UNA OFERTA QUE NO SE PODÍA RECHAZAR

Lobby del Hotel Hyatt Regency, Puerto España, Trinidad y Tobago. 11 de mayo del 2011. 3:35 pm. Un hombre de traje negro y unos 50 años se muestra nervioso, habla en inglés por su teléfono móvil y lleva en la mano izquierda un sobre manila con una inscripción que reza ‘Bahamas’, escrita con descuido. Se trata de Fred Lunn, vicepresidente de la Federación de Fútbol de ese país. Dentro del sobre hay US$40 mil en efectivo. Es un regalo del dirigente qatarí Mohamed Bin Hammam, candidato a la presidencia de la FIFA y, a la vez, es una amistosa invitación a meditar el voto de la delegación bahamesa de cara a las elecciones presidenciales que se llevarían a cabo tres semanas después en el 61º Congreso del ente rector del fútbol mundial en Zúrich.

Lunn estaba en la isla de Trinidad en representación de Bahamas en una reunión de la Unión Caribeña de Fútbol, un organismo que congrega a 25 federaciones de las 35 que representan a la Confederación de Fútbol de Norte, Centroamérica y el Caribe (Concacaf) en el Congreso FIFA. Todos los presentes habían sido invitados por el trinitario Jack Warner, presidente de la Concacaf y miembro del Comité Ejecutivo FIFA. Pero quien había pagado los pasajes, gastos de alojamiento y estadía era otro integrante del Comité Ejecutivo: Mohamed Bin Hammam, el solitario contendor del presidente Joseph ‘Sepp’ Blatter en las elecciones de junio. El qatarí había llegado dos días antes al aeropuerto internacional Piarco de Puerto España con un maletín cargado de US$1 millón en fajos de billetes de 100 para repartir entre las 25 federaciones, a razón de US$40 mil por delegación. Los controles aduaneros no habían representado problema alguno: las influencias de su anfitrión Jack Warner llegaban muy lejos en la isla caribeña, pues además de ser presidente de la Concacaf y la Federación de Fútbol de su país, también era miembro del parlamento de Trinidad y Tobago, y ministro de Transportes.

En la reunión en el hotel Hyatt Regency, Bin Hammam se dirigió a la audiencia de delegados de la Unión Caribeña: representantes de países como Antigua y Barbuda, Barbados, Islas Vírgenes, Saint Kitts y Nevis, entre otras naciones tan remotas como desconocidas para el mundo del fútbol, pero que, sin embargo, juegan un papel importante cada vez que hay elecciones presidenciales. El qatarí, quien hasta no hace mucho tiempo había sido hombre de Blatter, presentaba su manifiesto político e instaba a los caribeños a votar por un nuevo orden mundial en la FIFA. Finalizada la arenga, Warner tomó la palabra: “Mis amigos, ahora pueden pasar por el salón de conferencias San Fernando; se les presentará un regalo que mi colega Mohamed les ha traído especialmente desde Qatar”.

¿Qué tiene el fútbol que hace que un multimillonario árabe regale millones en efectivo a dirigentes deportivos de naciones cuyo producto bruto interno es inferior al de cualquiera de sus empresas? Para responder esa pregunta bastaría con entender que el fútbol mundial es una industria de más de US$200 mil millones cuyas principales decisiones políticas se adoptan en la trastienda de lugares como el Hyatt Regency de Puerto España.

 

LOS VISIONARIOS

Le Meridien Park Hotel, Frankfurt. 12 de junio de 1974. 8:00 pm. Dos hombres de mediana edad conversan sobre el postre sentados en el lounge con vista al Wiesenhüttenplatz, una idílica plaza rodeada de altos árboles de castañas en el centro de la ciudad. Se trata de los dos personajes que transformarán a la FIFA de una organización franciscana de 12 empleados a la poderosa multinacional que conocemos hoy. Uno de ellos es alemán, su padre fundó Adidas y se le conocerá como el precursor del patrocinio deportivo. Su nombre es Horst Dassler y su sueño es transformar al fútbol en un producto, una mercancía de la cual pretende tener el monopolio y controlarlo. El interlocutor es un brasileño, hijo de inmigrantes belgas y ha sido elegido presidente de la FIFA el día anterior. Su nombre: Joao Havelange. Ninguno de los dos revelarían en detalle los pormenores de lo que se discutió esa noche, pero no es difícil imaginarlo, pues ambos necesitaban el uno del otro.

Havelange había destronado a Stanley Rous, el inglés que representaba al dominio conservador de la vieja Europa gracias a la serie de promesas electorales hechas a los representantes de las confederaciones de África, Asia, Centro y Sudamérica. Las más importantes de estas promesas eran aumentar el número de participantes en las copas mundiales y ejecutar programas que subvencionen el desarrollo del fútbol en el tercer mundo. Ahora, Joao necesitaba el dinero para cumplir esas promesas y los menos de US$200 mil anuales que recaudaba la FIFA eran insuficientes. Se trataba de una época en la que los conceptos de derechos de televisión y mercadeo prácticamente se desconocían.

En algún momento, Dassler había querido continuar con el sueño del padre de vestir a todos los deportistas del mundo con las tres tiras de Adidas. De hecho, esta marca tuvo un cuasi monopolio sobre la indumentaria deportiva en los mundiales de fútbol hasta la década de los noventa. Pero en el momento de su reunión con Havelange su pretensión era mayor. Horst quería tener bajo su control los dos productos deportivos más importantes del planeta: los Juegos Olímpicos y la Copa del Mundo de Fútbol.

Havelange había encontrado al financista que necesitaba para consolidar su posición de liderazgo en la FIFA, y es así como en 1976 el mundo del fútbol cambió para siempre, cuando, a instancias de Dassler y su socio inglés Patrick Nally (un astuto vendedor que era capaz de encontrar patrocinio hasta para las carreras de avestruces), la FIFA y Coca-Cola firmaron un pacto de sangre que perdura hasta nuestros días. La compañía estadounidense pondría el dinero para financiar torneos, cursos de réferis, congresos y capacitaciones. A cambio, la FIFA le permitiría etiquetar toda la Copa Mundial con el nombre de la bebida gaseosa. Luego se sumaría Master Card y le seguiría McDonald’s.

Poco tiempo después, Dassler formó en Suiza, el vecindario de la FIFA, la empresa de márketing deportivo International Sport and Leisure (ISL), la cual se adueñaría de los derechos de imagen y televisión de la Copa del Mundo hasta finales de siglo. Ya tenía en un bolsillo a Havelange y a la FIFA. En el otro bolsillo tenía al futuro presidente del Comité Olímpico Internacional, el catalán Juan Antonio Samaranch y, por ende, a los Juegos Olímpicos.


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