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Amazonas: ¿para alegrarse o llorar?

La elección como séptima maravilla natural y el posible aumento de 20% en el crecimiento turístico.

Por Rafo León
Foto: Promperú / Cecilia Larrabure

HERRAMIENTAS

El fiestón en Iquitos fue con todo. Ollanta y Nadine desfilaron en lanchón por el Amazonas rodeados de nativos que vivaban a la pareja presidencial. Por la noche, un estrado en el que la mitad del gabinete lucía coronas huitoto fabricadas con semillas hacía telón de fondo a un mandatario embaladísimo con el anuncio de la designación del Amazonas como una de las siete maravillas naturales del planeta. Mientras, bombardas, cohetones y la incansable musicanga de las pandillas nos hacía olvidar que el tan celebrado reconocimiento viene de una empresa privada que ha descubierto las minas del rey Salomón con esto de hacer concursar a los países del Tercer Mundo para la valoración de sus recursos.

 

Alfombras rojas, condecoraciones, amplias y elogiosas notas de prensa son los premios que recibe en cada designación el suizo Bernard Weber, fundador de New Open World Corporation (NOWC), a quien hay que reconocerle la astucia para detectar el peculiar orgullo que sienten nuestros gobernantes cuando se ponderan mundialmente cosas que ellos no han hecho. Pero si los premios no pecuniarios de Weber son los mencionados, sus ganancias crematísticas pasan de lejos los seis ceros.

Los defensores de la presea sostienen que este peculiar mecanismo de elección por Internet contribuirá a incrementar el turismo en nuestros llanos amazónicos, y no ha faltado el riguroso clarividente que ha pronosticado en lo inmediato un salto del 20% de visitantes a nuestros bosques lluviosos, solo por cuenta y riesgo de la denominación de maravilla natural del planeta. Qué duda cabe, lo que hay detrás de ese entusiasmo es tan bien intencionado y tan naif como lo que se dio cuando Machu Picchu fue a su vez designado como maravilla moderna de la humanidad, en el 2007. Sin embargo, no hay que olvidar que ese efecto tómbola que se tradujo en un aumento exponencial de la demanda turística al recreo de Pachacutec no estuvo acompañado de una estrategia nacional que paliara el tremendo impacto que viene produciéndose en Machu Picchu desde que se tiró la toalla en eso de intentar determinar una capacidad de carga para el santuario, tarea por la que el entonces ministro de Comercio Exterior y Turismo, Eduardo Ferreyros, peleó con uñas y dientes pero que el lobby del sector privado le ganó usando entre otras estrategias la presión para sacarlo del cargo. A un ministro verdaderamente de lujo.

Seamos sinceros, sí es cierto que estas designaciones alientan el interés mundial por los lugares elegidos, pero ello es tan real como que en el Perú no se ha reaccionado para recibir tremendas sobredemandas con medidas técnicas y de mercadeo que tengan como primer objetivo la protección del recurso, antes que el aumento de la tasa de viajeros por año. Y si en el caso de Machu Picchu el asunto se puso y sigue color de hormiga, lo del Amazonas no es menos alarmante. Por una poderosa razón: nuestra Amazonía forma parte de lo que la institucionalidad internacional conservacionista reserva como espacios en los que se recomienda (si es que no se manda) la práctica del ecoturismo, por oposición al turismo de masas.

La definición de ecoturismo hoy está muy manida y es casi un cajón de disfraces para toda ocasión. Por ello, la ref­erencia quizás más confiable sobre el significado de esta palabra de moda haya que buscarla en los debates de Río 1992, cuando por primera vez en la historia se habla de establecer un tipo de turismo específico para zonas aledañas a las áreas naturales protegidas (ANP), o dentro de las mismas, con el objetivo de dar a las comunidades locales alternativas económicas que les permita dejar de sobreutilizar los recursos de su entorno protegido; es decir, que talen, cacen, pesquen y hagan chacra en menor proporción en la medida en que los servicios turísticos eco vayan creando nuevas fuentes de ingreso, ligadas además a la sostenibilidad del área de conservación.

Como se puede apreciar, hay una gran distancia entre el sentido original del ecoturismo y la apropiación de la palabra que ha hecho el mercadeo de una serie de empresas para las cuales vestir al pasajero de verde y recomendarle que no tire sus plásticos por la borda del peque peque ya es suficiente para marcar el límite de lo eco. Los gringos han creado un término para ese engañoso mercadeo, greenwashing, un medio publicitario que ignora por completo las pautas principales del ecoturismo.

En el Perú abundan las agencias de viajes, los albergues y los circuitos amazónicos que se venden como ‘ecoturísticos’, y que lo único que hacen con la chola es cambiarle el calzón por uno verde. La Organización Mundial del Turismo (OMT) y el Programa para el Medio Ambiente de las Naciones Unidas (PNUMA) plantean que el ecoturismo tiene un doble sentido: el primero proyectado al concepto y la política pública; el segundo, a una rigurosa segmentación de mercado.

Ambos enfoques deben confluir en estrategias como la de sostener el bienestar de las poblaciones locales, incluir en la experiencia del visitante el aprendizaje sobre el recurso, involucrar en la responsabilidad ambiental a la empresa y al turista, restringir la oferta a pocas empresas que movilicen pequeños grupos de turistas, propiciar el consumo más bajo posible de recursos no renovables. Incidir en la participación de las poblaciones locales en el negocio turístico, mediante la propiedad, la gestión y el empoderamiento comunitario.

 

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