/::
               
      

Todos somos extranjeros

Para mí eres divina, la más reciente novela de David Unger, retrata la vida de una indígena guatemalteca en el caos urbano del DF.

Por Adriana Herrera

HERRAMIENTAS

 La noción de que “todos somos extranjeros” ha marcado el destino del escritor y traductor guatemalteco-americano David Unger (Ciudad de Guatemala, 1950), quien vive en Brooklyn, Nueva York, y desde hace 20 años es el representante de la Feria Internacional de Guadalajara en Estados Unidos.

En parte, la condición de la extranjería ha sido por el azar de lo que no se controla: nació en Ciudad de Guatemala, como descendiente de inmigrantes judíos venidos de El Cairo, y cuando tenía cuatro años, las balas dirigidas al Palacio Nacional contra el entonces presidente Jacobo Arbenz rebotaron una noche en las paredes de su casa, situada en el vecindario, mientras la familia entera se guarecía bajo las mesas y el padre tomaba la decisión de marcharse a Estados Unidos.

Creció en Miami, donde maestros cubanos exiliados lo pusieron en contacto con la literatura latinoamericana y con la poesía inglesa que lo apasionó al punto de que su primera proyección literaria fue en este género –en 1988 ganó el Ivri-Nasawi Poetry Prize–, pero en un punto prefirió traducir a grandes poetas –es el principal traductor de Nicanor Parra– y escritores antes de descubrirse como narrador de la tierra de su infancia. Aunque ha vivido prácticamente toda su vida en Estados Unidos –de Florida a Massachusetts y a Nueva York– el espacio de su literatura es inseparable del habla centroamericana. Pero sólo puede escribir en inglés.

 Sobre su obra gravita, como invisible antetítulo, ese “todos somos extranjeros”, que transforma la raíz latina extraneous, de donde deriva la palabra “extraño”, de tal modo que nos hace identificar con éste, al punto de que ya nadie lo es, pues no existe un “otro”, un extranjero, si todos lo somos. Y esa identificación común, ese ir hasta el lugar del extraño para recobrarlo como propio es también otra clave de su particular extranjería: la voluntad de recobrar un mundo que perdió muy pronto, junto con todo lo que éste contenía.

El hecho es que los viajes intermitentes que realiza casi de modo ritual a Guatemala y que siempre llama “los regresos” lo devuelven a un país que no sólo es el de entrañables recuerdos familiares, sino la dura tierra de los descastados –a fuerza de injusticia– del continente: indígenas, campesinos, niños que sobreviven como ratas en las calles. Pero igualmente es el territorio del imaginario centroamericano y su literatura. Entre los muchos poetas y narradores que ha traducido hay voces con sangre indígena como las de Víctor Montejo, Rigoberta Menchú, y polémicos autores como Roque Dalton, que en algún poema antes de su asesinato político –una muerte que él mismo había anunciado–, escribió: “Yo, el extranjero”.

Algunos títulos de sus libros pueden correlacionarse con esa noción de no ser “de aquí ni de allá” –como cantaba Facundo Cabral–: Ni oruga ni mariposa, Ni chicha ni limonada. Sobre los personajes de este último, un libro de cuentos, una reseña en The Guatemalan Times afirmó: “Estas historias iluminan la pena de estar atrapado entre dos mundos, pero Unger deja al lector el mensaje de que esta perspectiva fragmentada es a fin de cuentas muy valiosa”.

Olivia, la protagonista de su más reciente novela, Para mí eres divina, es una indígena guatemalteca que no sólo emigra a México desde los cafetales donde explotan a su madre, sino que se va haciendo “otra” y no puede dejar de sentirse ajena cuando vuelve de visita a su primera tierra.

Cuando Unger escribió Vivir en el maldito trópico, su decisión fue narrar la traición de las élites en la Guatemala de los ochenta y su alianza con los paramilitares y las prácticas de corrupción, con el claro propósito de no impostar las voces de los oprimidos, de confrontar la historia desde personajes pertenecientes a los más altos círculos sociales.

Esta vez, volvió en cierto modo a los personajes de la literatura social latinoamericana que inició Mariano Azuela a principios del siglo XX con Los de abajo, pero subvirtiendo completamente el viejo canon: esta indígena que recoge café casi desde que puede andar, descubre a los seis años una vieja portada de Olivia Newton John y desea esa belleza para sí; por intervención de una monja que se sorprende ante su capacidad de aprender a leer sola, entra becada a un internado privado, lo que su propia madre no le perdona nunca.

Emigra luego ilegalmente a México en busca del padre que no la reconoció, y sin tener apoyo, pero con el tesón de un carácter emprendedor, “se supera” escalando posiciones en una agencia de viajes, sin dejar de ser una mujer común que confronta sus propios parámetros, que se replantea su moral sexual, que aprende a conocerse a sí misma y a saber lo que desea, adaptándose a la vida urbana del DF, mientras intermitentemente recibe noticias de una guerra civil en su país en la que descuartizan a su hermano, sin que ella se arrepienta jamás de haberse ido.

No hay en la novela ni idealismo exotista ni victimización –aunque haya un registro crudo de los mecanismos de esclavización en los campos guatemaltecos–: Olivia se “aculturiza” voluntariamente para sobrevivir y se aparta de su mundo nativo para reinventar su identidad en medio de una vida urbana que no tiene nada de extraordinario, y que justamente obtiene de su carácter común, casi ordinario, de sus aspiraciones personales, toda su verosimilitud.



Esta vez Unger se transformó en mujer indígena... ¿En qué punto surgió el “tono”? ¿Qué le dio la certeza durante el proceso de escritura de que su voz era creíble, auténtica?

La verdad es que desde hace años quería escribir una novela sobre una mujer que se realiza y que logra salirse del mundo en el cual se ve obligada a vivir, pero no encontraba la voz ni las circunstancias de Olivia. Yo necesito “oír” la voz del protagonista de mis novelas para poder realizarlas. Tal como con Marcos en Vivir en el maldito trópico, oí la voz de Olivia y lo único que faltaba (que no era poco) es escribir la novela y ser fiel al personaje que había creado. Creo que Olivia es auténtica y eso se debe a que no trato de dirigirla. Había una verdadera Olivia, tapatía, que impulsó la idea de escribir una novela sobre una chica cualquiera que podría superarse no siendo bonita ni teniendo todas las oportunidades que normalmente tienen las mujeres de ciertas clases sociales. Pero yo no quería tenerla desde el nacimiento en México, no quería que fuera –como la verdadera– una mujer mestiza de clase baja media. La quería poner en un cafetal en La Antigua, Guatemala, y ver cómo podría crecer dentro de ese mundo donde hay una guerra civil, conflictos entre la Iglesia católica y los evangélicos, con la idea de enfocarme en la gente indígena, que no existe en la literatura de mi país. La Olivia de mi novela agarró su propia vida. Rigoberta Menchú y Humberto Akabal y Víctor Montejo, que son indígenas, hablan de este universo. Pero que alguien blanco y judío toque ese tema es un poco raro. Tenía cierta conciencia –y la novela lo contiene– sobre el papel que ha jugado la gente indígena en mi país.



La novela es como un lente que espía la invisible vida de una indígena anónima guatemalteca adaptándose al caos del DF.

En Guatemala casi 50 por ciento de la población tiene raíces indígenas y son invisibles. Entre las comunidades indígenas no se sienten invisibles, tienen sus cofradías, su religión, sus tribus, pero para la clase dominante es como si no existiera esta gente: son las niñeras, la gente que limpia, a nadie le importa de dónde salió la muchacha que cuida los hijos, el hombre que carga la leña de un pueblecito a otro… Es cierto que en los últimos 10 años la gente indígena ha tomado más poder, que se enseñan sus idiomas en las escuelas y hay un porcentaje que ha avanzado mucho, y que, incluso, hemos tenido un ministro de cultura cachiquel. Pero la clase dominante no tiene idea de cómo es la vida indígena. La gente cree que no tiene sexualidad, no tiene pasión, que simplemente se reproducen en el campo y el acto sexual es un acto de cumplir, sin ninguna sensación, sin ningún afecto. Igualmente piensan que no tienen los mismos intereses comunes de mejorar la vida hasta su máxima posibilidad y suponen que todo lo que quieren los inditos es su terrenito para crecer su elote.



Como dice, los indígenas no suelen protagonizar la literatura escrita por “blancos” quienes muestran su asimilación a un mundo extraño. El tono de la novela hace que en ciertos momentos cualquier mujer pueda identificarse con esa emigrante guatemalteca que viene de un cafetal. 

La novela ha vendido 600 copias en Guatemala, que para un país analfabeto es un número bastante grande. Me encantaría un día juntarme con un círculo de lectores en un pueblo como Totonicapán y oír lo que tienen que decir de lo que he escrito. Pero en las presentaciones en las ciudades he vivido la experiencia de que varias señoras indígenas se han acercado a comentarme la novela. Una con lágrimas, vino a decirme: “¿Cómo es posible que tú hayas escrito esta novela, cómo es posible?”. Me miró y me dijo, como un dictamen: “Eres uno de  nosotros”.



¿Te sientes a gusto escribiendo una literatura no intelectual, que podría clasificarse entre las de los contadores de historias que tienen justamente el efecto de humanizar la vida?

 Escribo para el lector, al cual le gusta leer un buen cuento que lo envuelve en su historia... Creo que todos mis libros son muy distintos a nivel de trama, el uso o falta del humor o el diálogo. Cada vez que me pongo a escribir propongo hacer algo distinto de lo anterior con el propósito de entretener, dar placer y encontrarme con el lector. Sin él o ella, el escritor se queda escribiendo para sus colegas escritores o para los críticos a los que les encanta aplaudir textos tan complicados que ni ellos los entienden. El lector común es fundamental y es parte esencial de la ecuación del esfuerzo literario.

✽ ✽ ✽

En cierto modo, la extranjería de David Unger no tiene que ver con la noción habitual de las fronteras, sino con el cruce entre universos sociales que realiza justamente con el esfuerzo del escritor judío, blanco, director del programa editorial del City College de Nueva York, que decide acercar a sus lectores al universo emocional de una indígena que emigra y que para ello asume su voz al punto de que Olivia es su otro yo. Por eso, no sólo resulta creíble, sino que nos recuerda cuánto hay de verdad en aquel saludo que intercambiaban los mayas de la antigüedad cuando se encontraban en los caminos: “In lakesh, alaken”, que literalmente significa “Yo soy tú, tú eres yo”.

COMENTE ESTE ARTICULO

Nombre
Email
Comentario
   
Sea el primero en Comentar este Artículo!