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Banxico

Alfredo Thorne

HERRAMIENTAS

 Un año atrás la mayoría de los analistas anticipaba que el Banco de México relajaría su postura monetaria en un lapso de 12 meses. De hecho, tal fue la presión que el propio banco, en su comunicado del 26 de agosto del año pasado, dejó entrever la posibilidad. Pocos fuimos los que resistimos y anticipamos un Banxico sin cambio. Las encuestas más recientes muestran un cambio de 180 grados y 60% de los analistas anticipan que la entidad mantendrá su postura sin alterarla en el resto del año, y un 30% que la va a endurecer.

Europa venía pasando por una de sus mayores crisis y era eminente una recesión, las economías de Estados Unidos y China se desaceleraban, y los bancos centrales relajaban sus posturas monetarias. En este contexto Banxico dio la señal de un posible relajamiento –la tendencia de la inflación era hacia la baja y corría el riesgo de ser inundado con flujos de capitales de corto plazo que se aprovechaban del arbitraje de tasas entre México y los países desarrollados–. Las tasas de corto plazo se situaron por debajo de la de referencia de Banxico. Lo prudente era, al menos, dar la señal de que un relajamiento era posible y así resistir los flujos de capital de corto plazo.

Sin embargo, pocos hubiésemos anticipado que finalmente el mercado le iba a cerrar las puertas a Banxico; el peso se llegó a depreciar hasta 14 pesos por dólar en diciembre, y la inflación general se aceleró hasta llegar a 3.94% en la primera quincena de enero.

Esto cuestiona la capacidad que tiene el banco para implementar políticas contracíclicas como lo han hecho Estados Unidos, Europa, e inclusive Brasil. Sorprende que en medio de una desaceleración global y de exceso de flujos de capital de corto plazo el peso se haya depreciado 14.3% contra el dólar en un año y haya sido la moneda más golpeada en los mercados emergentes. También asombra la aceleración de la inflación. Es cierto que la depreciación justifica un nivel de traspaso a precios, pero hay que recordar que México se debió beneficiar de la desaceleración de la inflación en Estados Unidos. De hecho gran parte de la velocidad en la inflación se explica por el componente no subyacente, mientras que la subyacente –donde la depreciación tiene mayor impacto– sólo aumento 3.3% en la comparación en la primera quincena de enero.

No es fácil decidir cuánto margen tiene Banxico para aplicar políticas contracíclicas. Ciertamente la integración con la economía de Estados Unidos y en particular con el sector manufacturero, que sufrió como resultado de la desaceleración en Europa, justificó un nivel de depreciación del peso. En México la apertura comercial es bastante alta –la suma de exportaciones más importaciones respecto al PIB supera el 70%– y casi el 80% van dirigidas hacia Estados Unidos. Esto hace que una desaceleración en el país del norte tenga repercusiones inmediatas en México.

Poco podrá hacer Banxico para cambiar estas características estructurales de la economía en el corto plazo. La pregunta más fundamental es si hay algo que pueda hacer para tener más grados de libertad para aplicar políticas contracíclicas. Algunas ya se han puesto en práctica, como aumentar el acervo de reservas, aumentar la intervención en el mercado cambiario y diversificar su comercio. Sin embargo, aún se puede hacer más respecto a la meta de inflación y el desligamiento del tipo de cambio. Se me ocurren dos posibles: la primera es que Banxico establezca su meta sobre la inflación subyacente y no la general. Aun con la depreciación del peso, la inflación subyacente se ha comportado bastante bien y ha terminado muy cerca al punto medio de la meta. La segunda es revisar la regla de fijación de los precios públicos. Resulta un tanto irónico que México se perjudique de su integración con Estados Unidos en momentos de desaceleración, y no importe la desaceleración de precios que también es resultado de la desaceleración económica global. 

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