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¿Euro sí o euro no?

Alfredo Thorne

HERRAMIENTAS

 El euro se debate en su peor crisis desde su creación en 1993. La crisis fiscal que afecta a las economías de la periferia (Grecia, Portugal, Irlanda, España e Italia) ya empujó a la Zona Euro a la recesión. Después de anticipar un crecimiento del PIB de 1.6% este año y 0.9% el siguiente, esta semana hemos ajustado nuestros estimados a 1.6% y menos 0.5%, respectivamente.

No todo está dicho, sin embargo, y al momento de escribir esta columna la Unión Europea (UE) alistaba un paquete de medidas para rescatar su economía. Éstas incluyen la aprobación en los parlamentos de los 17 países miembros del paquete de rescate de Grecia, aprobado por los líderes de la UE el 21 de julio pasado; el aumento de los recursos disponibles para el Fondo de Estabilización Europea; la flexibilización de dicho fondo para que pueda comprar bonos soberanos en el mercado secundario; la recapitalización de los bancos europeos expuestos a la deuda soberana de los países periféricos, y una fuerte expansión monetaria por parte del Banco Central Europeo. De aprobarse estas disposiciones, constituirían el mayor rescate de la historia. Sólo los bancos, según el Fondo Monetario Internacional, necesitan cerca de 400,000 millones de euros de capital fresco.

Los desacuerdos políticos entre las naciones ricas del norte y las pobres del sur complican la solución a la crisis económica. Los ricos no quieren pagar por la indisciplina fiscal de los otros. Los sectores más radicales de países como Alemania, Finlandia y Holanda dudan de la capacidad de los países periféricos para repagar sus deudas y realizar el ajuste fiscal necesario. El ministro de Finanzas alemán, y el premier y ministro de Finanzas de Holanda han exigido la creación de un “zar fiscal” que se encargue de ejercer la disciplina en toda la Unión Europea.

Ante esta situación, los economistas más ortodoxos han propuesto la ruptura de la Zona Euro. Para ellos la solución radica en que los países ricos del norte dejen la moneda común, formen otra Unión Monetaria y dejen que las economías periféricas se queden con el euro. Esto les garantizaría una moneda estable cuyo valor estará determinado por su productividad y su reducido riesgo crediticio. Por otra parte, el euro, dejado a los países del sur, tendrá que devaluarse en relación con la moneda de las naciones nórdicas. Esto permitiría una corrección en los salarios relativos entre países del norte y del sur, que es la clave de la crisis de la Zona Euro. De hecho, para este grupo de economistas el problema es que la región del sur no puede competir con la norteña, porque sus costos laborales ajustados por la productividad son muy superiores. La única forma de lograr este ajuste es mediante una devaluación real.

El argumento no deja de ser válido y podría cuestionar los fundamentos del ajuste macroeconómico propuesto por el FMI, la Unión Europea y el Banco Central Europeo, la famosa Troika. Sin embargo, en la práctica la diferencia entre las dos soluciones es que mientras los economistas ortodoxos proponen hacerlo mediante una devaluación, la Troika plantea un ajuste de gasto lo suficientemente dramático como para comprimir los salarios de los países de la periferia.

No obstante, cada propuesta tiene sus restricciones. Salirse del Euro no es fácil e implica romper una serie de contratos. De hecho, algunos economistas han calculado que el costo de salirse del euro para Alemania significaría cerca de 20% del PIB y para Grecia de 40%, por poner sólo los dos países extremos. Por otra parte, generar el ajuste de salarios necesario para que Grecia pueda volver a la competitividad, como lo propone la Troika, podría significa una reducción en su PIB de más de 20%.

Esta discusión ilustra los dilemas de la Unión Monetaria. Quizá la solución pragmática sea que todos permanezcan en la Unión Europea, que los países ricos, incluyendo sus bancos, paguen la cuenta de los pobres, y que éstos tengan que realizar este ajuste fenomenal. Pero es muy probable que lo que resulte de este esfuerzo sea una Unión Europea muy distinta a la que hoy conocemos. No sería descabellado pensar que en el futuro la Unión Monetaria se convierta en una Unión Fiscal, con su zar, donde los países que no cumplan sean echados, que haya un mecanismo para reestructurar y reducir la deuda, y que a los bancos se les exijan mayores niveles de capitalización. Claramente sería una Unión Monetaria donde el costo de entrada sería muy alto y donde sólo los países nórdicos podrán subsistir. 

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