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El optimista racional

Pedro Ángel Palou

HERRAMIENTAS

 Hace tiempo le preguntaron al Dalai Lama su opinión sobre el desastroso rumbo del mundo contemporáneo. Sonrió, miró su reloj –su único lujo, según parece– y le respondió al periodista que las cosas nunca habían sido mejores en la historia. Nunca antes, dijo, tanta gente sabía leer y escribir, no moría de hambre a causa de  simples enfermedades ni vivía sojuzgada por regímenes autoritarios o por su propia ignorancia. No se trata de cinismo, pensé al leer las respuestas de un hombre que ha dedicado su vida no sólo a la meditación sino a la liberación de su pueblo y su religión. Es cierto, si hacemos caso al Dalai, y revisamos las estadísticas mundiales, pero es también curiosamente el caso que sostiene Matt Ridley en su más reciente y polémico libro, El optimista racional. Para Ridley, como para el líder tibetano, son muchas las causas que explican la prosperidad actual, producto de evolución, historia, economía y hasta un poco de suerte.

El libro no tiene pierde y por eso he decidido glosarlo para mis lectores de PODER, quienes quizá se hallen en medio de un viaje, en un avión o en el cuarto de un hotel a punto de salir a firmar un gran trato mientras siguen estas letras. El mensaje es simple, directo y lleno de información para soportarlo: son muchas más las razones de nuestro optimismo, la seguridad y la esperanza de un futuro mejor, que la ociosa vuelta de tuerca de quien piensa que nada puede mejorar.

Entre los intelectuales y escritores tal postura no goza de buena prensa. Es mejor ser un eterno cascarrabias y pregonar en los cafés del planeta que el hombre es una escoria y sus obras una pura mierda. Pero resulta que poco a poco ese tipo de intelectual, bohemio y pendenciero, que bien podría haberse dolido de la humanidad en la Rayuela de Cortázar, en una novela de Onetti o en cualquiera de las obras de Sartre, no tiene asidero alguno en los modernos descubrimientos de la ciencia neurológica, la biología evolutiva, la historia económica y, si a esas nos vamos, ni siquiera en la filosofía, que hasta antes de la llegada de los existencialistas era un modo de utilizar el pensamiento para vivir mejor. Una especie de autoayuda elegante, si así queremos ver a un Séneca, o al mismo Gracián en el caso español.

Hasta hace poco despotricar contra todos los poderes y contra el universo no era intelectualmente redituable y parece que, para nuestro bien, ha dejado de serlo ya también ahora.

Aquí es donde Ridley puede servirnos para apoyar el optimismo del sabio budista, con racionalidad e información. Me explico: en su libro, el autor inglés nos sugiere que lo que ha hecho que hayamos acumulado tal cantidad de bienestar (no sólo entendido como económico) es en realidad un tema cultural, aprendido, social. En menos de 40 años la población mundial superará los 7,000 millones. Entonces no es que nuestra mente haya cambiado gran cosa en los siglos de evolución, ha sido la cultura. No deja de ser polémico, pero nutritivo para nuestro propósito: es a través del intercambio social que hemos crecido, en todas las direcciones, para nuestro bien. El ser humano promedio –pues existen todavía terribles injusticias en los países en desarrollo, en zonas de guerra– hoy vive con la comodidad y la soltura de un multimillonario burgués del siglo XIX: viaja, tiene momentos libres para el ocio, disfruta los fines de semana con su familia. Lee, va al cine y a espectáculos, o participa en actividades comunitarias y voluntarias de ayuda. El ser humano promedio de principios del siglo XXI tiene además una nueva herramienta a su alcance: el tiempo.

Y es que el tiempo será la gran llave de los años por venir. Olvidémonos de los dólares, el oro o los bonos y las acciones de la bolsa, dice Ridley, la verdadera medida del valor de algo hoy es el tiempo, la cantidad de horas necesarias para adquirirlos. El británico promedio actual, arguye, consume 40,000 veces la luz artificial que necesitaba –aunque fuera en forma de vela– en 1750, sin embargo, conseguirlo le es relativamente fácil. Esto es la propiedad, nos dice, el aumento en la cantidad de bienes o servicios que uno puede conseguir con la misma cantidad de trabajo. Un traslado en carruaje a mediados de 1800 entre París y Burdeos costaba el equivalente del salario mensual de un cajero. Hoy, el mismo viaje cuesta un día de su trabajo y es 50 veces más veloz. En 1970 un galón de leche le costaba al estadounidense promedio 10 minutos de trabajo, hoy siete minutos. Una llamada de tres minutos de Nueva York a Los Ángeles en 1970 valía el equivalente a 90 horas de trabajo en 1910, hoy cuesta dos minutos. No seguiré en los ejemplos, que son numerosos, me interesa recalcar solamente el argumento: por la misma cantidad de trabajo hoy podemos conseguir mucho más de lo que un hombre lograba hace un siglo. Ésa es la prosperidad a la que se refiere Ridley.

Y por eso él –viniendo de dirigir un banco en Inglaterra antes de 2008, sabe de qué habla–, dice que lo que salvará realmente al mercado mundial es quitarse la idea del mercado especulativo y del papel y pasar al sector de los bienes y servicios. Hoy hay en ese sentido una revolución mundial. En la ciudad en la que vivo por ahora –Hanover, New Hampshire, mis lectores recordarán el humor con el que soporté el París de Sarkozy, y eso que fue antes del affaire Cassez–, el ciudadano local hace deportes estacionales con fervor –esquía, o hace bicicleta de montaña o kayak–, trabaja menos horas al día que en las grandes urbes, no ocupa su tiempo en largas horas de traslado (moverse aquí implica un máximo de 20 minutos entre todos los bienes o servicios); consume regionalmente, en su mayoría, en farmer’s markets o en cooperativas. El resultado es visible: es mucho más feliz, más amable, más tranquilo.

Y es que aquí vuelvo a Ridley y con eso termino. No debemos de sentir nostalgia del pasado. La tranquilidad o la paz de la que se habla en los cafés con el sempiterno argumento de que todo tiempo pasado fue mejor, es falsa. Decir que hace 100 años la gente vivía más tranquila implica una miopía que el nuevo optimista racional no puede permitirse. Eso sólo podía ocurrirle a los muy ricos –una mínima parte de la alta burguesía–, los demás trabajadores se mataban en 80 horas a la semana para apenas gozar de la vida y sus comodidades. Hoy, el ser humano promedio, salvo las tristes salvedades de las que ya hablamos y de las que México con más de 50 millones viviendo en pobreza extrema no puede salvarse, tiene a su alcance bienes y servicios, tiempo y ocio como nunca antes en la historia.

El mercado mundial y  los países en desarrollo son las dos grandes fuentes de pesimismoque nos quedan, dice Ridley,  pero con la caída de dictaduras y las nuevas democracias incluso en la África del futuro podemos pensar en estadios de bienestar como los que describe a todo lo largo de su libro. La revolución de terciopelo vía Twitter en Egipto en los últimos días –y su réplica en Libia, por ejemplo–, nos dan esperanzas en ese sentido. 

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Mike Arns
2011-05-07 11:19:38

El binomio optimismo-pesimismo es como todas las cualidades humanas una abstracción de lo que esperas a futuro, es una forma de predecir sin haber intentado aún, y vale resaltar que coexisten, son inseparables y se retroalimentan, además de que existen con un propósito, el de predecir y de acuerdo a esto adecuar la forma de actuar del individuo, perfecto, ya habiendo tenido nuestro marco de referencia hace falta darle algún valor, ya que lo que es pesimista para algunos para otros es optimista y todos están en lo cierto debido a que cada uno le da un enfoque y valor distinto, pero que completa el circulo dicotómico. Mi opinión es que después de haber leído el libro y de acuerdo a mi formación médica y conocimientos actualizados en otras áreas como psicología, antropología, genética, biología molecular, economía, entre otros, concuerdo con muchos enfoques del autor sobre las teorías de la evolución del pensamiento, aunque discrepo en otros como lo que han mencionado sobre la situación económica en África, ya que si en dado caso supongamos que no existe intervención sobre las enfermedades o situación económica, las leyes darwinianas de la selección natural llevan la delantera y se llevara a cabo la supervivencia del mas fuerte, lo cual, en dado caso es excelente, porque podríamos observar la evolución del hombre sin intervención económica, médica, social, lo cual podría dar lugar a una raza mas resistente, por ejemplo. Y definitivamente rechazo algunas otras teorías que el autor menciona, pero en general es un libro interesante que permite adentrarnos en la idea del autor, el cual, no tiene la última palabra de lo que será del futuro de la humanidad, pero sus expectativas son bastante optimistas (redundando al título) y me parece interesante que haya abordado el éxito evolutivo del hombre desde el intercambio de bienes, ya que esto permite entender la evolución social y la estrecha relación de la mente humana con el valor abstracto de las cosas. Me gustaría concluir con que es un libro bueno, que es una novela "pseudo-científica" y bien, pues tratarla como tal, una novela y como toda lectura siempre aprendes algo diferente, nuevo y bueno... Saludos.