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Inflación en América Latina

Algunos países han recurrido a políticas criticadas en el pasado.

Alfredo Thorne

HERRAMIENTAS

La inflación ha vuelto a América Latina. Según los últimos informes, los precios al consumidor aumentaron siete por ciento en base anual en el mes de abril, después de haberlo hecho sólo 4.7 por ciento en mayo de 2006. Una buena parte del alza de precios se explica por Argentina y Venezuela, que no tienen un compromiso explícito con metas de inflación. Pero, aun si tomamos los cuatro países con mayor compromiso –Brasil, Chile, México y Perú– la inflación en base anual llegó a cinco por ciento en abril después de haber registrado sólo 3.5 por ciento en mayo de 2006. Teniendo en cuenta la historia de América Latina, estos niveles aún parecen bajos y poco preocupantes. Sin embargo, hay dos hechos que nos hacen pensar que no es un mal tan benigno como parece. Por una parte, la historia nos muestra que una vez que se da el rebote de inflación, la dinámica adquiere vida propia, y en algunos países ya hay evidencia de aumentos de salarios mínimos que rebasan la inflación. Segundo, la inflación de alimentos es aún mayor, lo que afecta más que proporcionalmente a los sectores de menores ingresos.

Lo interesante de la experiencia reciente es que los países han respondido de distinta forma y muchos han recurrido a políticas que fueron criticadas en el pasado por inefectivas o populistas. Inicialmente, y consistente con el diagnóstico de que la inflación era importada, algunos países recurrieron a los subsidios. Aun cuando pocas naciones han recurrido a los subsidios a los alimentos, la gran mayoría mantuvo el precio interno de los combustibles más bajo que el de los mercados internacionales. Los que más han subsidiado estos productos lo han justificado con el argumento de que son productores de petróleo. Por ejemplo, México gastará cerca de dos puntos del PIB en el subsidio a las gasolinas en 2008. Pero no es la excepción, pues Brasil, Perú y Chile también han echado mano del mismo recurso, aunque ciertamente en menor medida.

Otro grupo de países ha recurrido al encaje bancario. El ejemplo es Perú, que ha usado el encaje para inducir la desaceleración del crédito y, por tanto, de la demanda interna. También ha introducido un encaje marginal sobre los depósitos en moneda extranjera provenientes del extranjero. Esta medida, aunque heterodoxa, ha servido para evitar el arbitraje de tasas, la atracción de flujos de capitales de corto plazo y, en consecuencia, la excesiva apreciación del tipo de cambio. También ha habido países como Colombia y Brasil que han recurrido a los impuestos a las transacciones financieras con el propósito de lograr un efecto parecido al encaje.

Conforme la inflación se ha hecho más evidente, los bancos centrales han recurrido crecientemente al aumento de tasas, y han dejado de lado la respuesta heterodoxa. Chile es el país con mayor aumento: desde agosto del año pasado subió 125 puntos básicos (pbs) sus tasas de interés. Le siguen Perú, con 100 pbs, Brasil y México con 75 pbs, y finalmente Colombia con 50 pbs. Lo irónico es que la magnitud del ajuste no guarda proporción con la desviación de la inflación respecto a su meta. Chile, Colombia y Perú son los países con las mayores desviaciones; les sigue México y finalmente está Brasil. Lo que podría explicar la respuesta son dos factores: la desviación del crecimiento económico de su potencial y la desviación de las expectativas de inflación en referencia a la meta. Estos factores muestran la capacidad que tienen las empresas para fijar precios y el deseo de aumentar sus precios respectivamente.

Hay dos hechos que hacen de este un proceso inflacionario particularmente problemático. Por una parte está el hecho de que gran parte de la inflación es importada y responde poco a las medidas de política internas. Más aún, los bancos centrales que podrían afectarla –los de Estados Unidos, Europa y Japón– se encuentran en un ciclo de relajamiento monetario, lo cual podría aumentar la inflación en el corto plazo. El segundo es la poca coordinación con la política fiscal. Aun cuando los gobiernos publican posiciones fiscales en balance o superavitarias, lo cierto es que las cifras están distorsionadas por los precios de las materias primas o el ciclo económico. De ajustarse por estos factores, sería evidente el relajamiento fiscal. Queda poca duda de que los bancos centrales necesitan un poco de ayuda de los países desarrollados y de los gobiernos. Esperemos que la puedan conseguir para no repetir la mala experiencia del pasado.

*Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente las opiniones de la institución para la que trabaja, ni comprometen a la misma.

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