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Los tantos billones y las virtudes burguesas

Alberto Carrasquilla

HERRAMIENTAS

Una interesante liturgia colombiana comienza, mensualmente, con el comunicado de prensa que hace la Superintendencia Financiera sobre los resultados contables de las entidades y fondos que vigila. Se trata, por lo demás, de un documento estupendo en forma y en contenido. El segundo acto es el titular de prensa, generalmente concentrado en los tantos billones de utilidades generadas durante el período de referencia. El tercer y último acto es el predecible aporte, promiscuo en calificativos, de muchos comentaristas de cara a la realidad de que dichos flujos “se quedan en pocas manos” y “no le aportan al progreso nacional”.
Hace un tiempo, la liturgia me parecía tontarrona y consideraba que reflejaba un peculiar desdén mediático, al olvidar ciertas cositas en su narrativa. Por ejemplo, que los tantos billones se obtienen gracias al riesgo que asumen, con su propia plata y con la credibilidad que inspiran en millones de ahorradores, los dueños de las entidades. O que tienen miles de accionistas. O que generan decenas de miles de empleos de calidad. O que pagan una parte importante de todos los impuestos y cuasi impuestos recaudados en el país y que financian, en consecuencia, buena parte de la educación, la salud, el agua, los subsidios y la defensa nacional que provee el Gobierno.
Luego llegué a la conclusión de que la liturgia de marras era una ceremonia vacua, parecida a un mueble viejo, feo e inofensivo que siempre ha estado ahí, al que ya no vale la pena invertirle empeño, por feo que sea. Opté por la colombianísima actitud de “deje así”, que inmortalizó el genial Andrés López en su Pelota de letras.
Estoy escribiendo esta columna porque he llegado a dos conclusiones. Primero, que el problema no es el titular de prensa, sino la actitud generalizada en respuesta a él. Segundo, que el costo de ejercer el “deje así” en casos como la liturgia que comento, ha sido y puede seguir siendo gigantesco.
Mi conclusión surge de pensar en el contenido de un par de libros recientes que analizan de manera muy novedosa los orígenes y marcha inicial de la revolución industrial. Basta recordar, como motivación, que según la maravillosa base de datos de Angus Maddison, en 1800, el poblador promedio de Inglaterra vivía con US$3 diarios de 2010, más o menos lo mismo que sus ancestros en el año 1300, mientras que hoy vive con US$100.
Joel Mokyr argumenta que el principal factor de cambio, lo que en últimas causó la revolución industrial, fue la interacción entre “ciertas ideas” con origen en el debate científico, por una parte, y la clase empresarial, por otra. Deirdre McCloskey, por otro lado, plantea que lo ocurrido en la revolución industrial fue un cambio en la actitud de la población hacia la innovación en general y hacia la burguesía en particular, que es su gestor y su esencia. En un ensayo reciente dice que: “Lo que cambió hacia 1700 fue la valoración de las innovaciones económicas e intelectuales al interior del universo de todas las virtudes”. Producir ideas y dinero, en otras palabras, se volvió ético y socialmente valorado.
Todos los milagros económicos que comienzan hacia 1960 comparten este cambio fundamental de actitud. Desde el momento en que, al amparo de la idea de Deng Xiaoping según la cual “ser rico es glorioso”, China inicia unas reformas amigables al ánimo de lucro, ese gran país experimentó un cambio comparable al ocurrido en Inglaterra 300 años antes. El resultado es claro: 400 millones de personas salieron de la pobreza entre 1981 y 2005. Punto.
Yo creo que Colombia dará muestras de ser un país serio en su anhelo de progresar el día en que hayamos reemplazado la liturgia mensual de los tantos billones por la idea de que las utilidades son gloriosas, o, al menos, que son virtuosas.

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