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28 de agosto de 2007

El mil caras

Alejandro Ramírez Magaña representa la continuidad de la supremacía de una de las cadenas de salas de exhibición más grandes del mundo, Cinépolis. Sin embargo, el cine no es su única ni principal pasión.

Por José Ramón Huerta

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No puede evitarlo: le gusta la ubicuidad. Estar aquí y allá, de preferencia sin hacer mucha bulla. No tiene empacho en pasar la mitad de su semana en Morelia, la conservadora tierra natal, el provincial suelo de sus antepasados, y volar para despachar durante el resto de los días en la ciudad de México, la metrópoli favorita que le queda más a la mano. Disfruta París y Londres, que conoce muy bien, o Nueva York, a la que le exprime sus muchas posibilidades –entre ellas la invaluable de caminar casi anónimo, despreocupado–. Puede calarse la cachucha de empresario implacable que observa cada palmo del país para poner las salas de cine más rentables, no sin antes escribir para el Banco Mundial acerca de la pobreza indígena mexicana; o puede elegir ser un año funcionario de gobierno en la OCDE y otro discutir con ministros de Estado las maneras de aminorar la miseria. O preparar la tesis doctoral, sin despeinarse apenas, con un premio Nobel de Economía como mentor; colaborar con un programa de Naciones Unidas y al mismo tiempo presidir un festival que quiere apoyar a jóvenes talentos cinematográficos. Si fuera un profesional de la lucha libre, sería técnico, y se llamaría el Mil Caras. Alejandro Ramírez Magaña, a sus 36 años, no puede evitar que los medios de información empiecen a forjar su propia leyenda. Pero aunque asegure no haber dado muchas entrevistas recientemente, una rápida búsqueda en Google y su propia buena memoria lo desmienten. —Fue en 1999, allá en Morelia, cuando hablamos por primera vez— dice a este reportero, que sinceramente no recordaba la fecha. Esa vez se habló de los negocios de la empresa michoacana y de cómo Cinépolis ya se constituía en la cadena de exhibición cinematográfica más grande a escala nacional. El segundo encuentro sucedió en una reunión informal, en la ciudad de México, en 2002. Y, como en aquel par de ocasiones, en este 2007 Ramírez se conduce amable, sonriente y platicador. Pero esta vez está ataviado como hombre de negocios, que lo es: traje de corte exacto, peinado de meticuloso aliño.

En las oficinas de la cada vez más impresionante zona de corporativos de Santa Fe, al poniente de la capital mexicana, el director general de Cinépolis dispuso de buen talante responder a las respuestas de temas que le interesan, e incluso a los que no le son tan gratos. Eso sí: solicita que el off the record se aplique cuando declara algo ligeramente desacomedido. Porque Ramírez, en el punto de las formas, de ser libro sería un manual de buenas maneras. Pero nada de lo anterior podría motivar alharaca periodística si el abuelo de Alejandro, don Enrique Ramírez Miguel (abogado y juez, fallecido el 6 de julio de 1996 en circunstancias difusas que despertaron suspicacias populares), no hubiera incursionado en el negocio exhibidor desde que adquiriera su primer sala, el Cine Morelia, en 1956, y no hubiera llevado los asuntos legales de los barones de la exhibición cinematográfica de los años sesenta, los señores Guillermo Jenkins y Gabriel Alarcón. Este último quiso formar con el michoacano una sociedad, y Ramírez Miguel decidió invitar a su vez a su hijo, el flamante ingeniero Enrique Ramírez Villalón, actual presidente de Organización Ramírez y padre de Alejandro. “Tú, en aquel entonces, podías tener cines pero no películas –intenta resumir Alejandro, heredero de ese primer empujón en la industria mexicana de la exhibición–; el gobierno obligaba a mi abuelo a rentarle el cine a la compañía paraestatal Compañía Operadora de Teatros, Cotsa. En los sesenta, mi papá y mi abuelo empezaron a hacer salas con los señores Alarcón, y de 1963 hasta 1971 lograron hacer la cadena de cines más grande independiente del estado. Veintitantos cines gigantescos, de 2,000 butacas. Pero en 1971, estando ya el presidente Luis Echeverría, los Alarcón vendieron su parte por tener un acuerdo en ese sentido con el gobierno. También vendimos la nuestra y volvimos a empezar de cero. Entonces Organización Ramírez se conformó a partir de los cines, del 71 a la fecha”. La familia Alarcón mejor se concentró en hacer periódicos (verbigracia, El Heraldo de México) mientras que el abogado michoacano y su hijo ingeniero civil, desde la oscuridad de unas salas que ahora suenan a prehistoria llamados Cinemas Gemelos y Multicinemas (en los que se podía fumar, que no contaban con sorround pero sí con intermedios de 15 minutos durante los cuales la gente se cebaba de palomitas de maíz y refrescos) levantarían algo que ya toma forma de un emporio del celuloide. Así pues, los primeros capítulos de la próspera Organización Ramírez se narran a partir de los cines, insiste el nuevo capitán de la división Cinépolis, empresa cuya fecha de arranque oficial data de 1994, con un complejo de salas en la ciudad fronteriza de Tijuana. Según sus estados financieros, gran parte de las celosamente guardadas utilidades de esta empresa familiar provienen de lo que se genera alrededor de las pantallas y butacas. En una relación de cinco a uno. Y es cierto que lo que está alrededor no es poca cosa: una cada vez más sólida división inmobiliaria, actualmente dirigida por Enrique, hermano de Alejandro, aprovechó desde el principio los locales comerciales adjuntos a las salas. Esta rama de los negocios de la familia es tan evidente para el voxpopuli moreliano que se llega a dudar respecto de qué fue primero, si los fraccionamientos residenciales o las salas de proyección. “Con los cines mi familia decidió meterse al tema inmobiliario, y empezó a crecer. Comprábamos terrenos donde no sólo cabían algunos Cinemas Gemelos, sino tres o cuatro locales comerciales. De la mano del cine nació la división inmobiliaria, que luego se diversificó y ya no sólo eran desarrollos comerciales sino también habitacionales. Fraccionamientos residenciales en Morelia y centros comerciales en Tampico, Que rétaro, Celaya, Culiacán...”, recuerda Alejandro, que parece agradecer al destino no estar tan involucrado en esa área de negocio. ENTRE RAMÍREZ Y CÁRDENAS Ese empuje empresarial le acarreó a la familia ser considerada, a escala local, tan influyente en lo económico como lo es en lo político otra conspicua dinastía, la del mítico ex presidente Lázaro Cárdenas, la de su hijo y fundador del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas y la del actual gobernador de Michoacán, Lázaro Cárdenas Batel. Y no es extraño escuchar entre algunos morelianos que los Ramírez son, casi, “dueños de la ciudad”. 

Otros opinan que hay que quitar­le el “casi”.

Aunque es cierto que Organización Ramírez reconoce ser el grupo empre­sarial más importante de Michoacán, también es verdad que los ingresos de la familia se generan casi en su totali­dad fuera de la capital estatal (Morelia le representa a Cinépolis sólo dos por ciento de sus ventas).

Su visibilidad y peso específico en la ciudad se debe a sus muchos de­sarrollos residenciales, al complejo golfístico de 27 hoyos Tres Marías (en el cual la golfista jalisciense Lorena Ochoa consiguió su primeros triun­fos de resonancia mundial), al cono­cido centro comercial Plaza Las Amé­ricas, a la suntuosa plaza de toros El Palacio del Arte, o a su patrocinio en diversas iniciativas como el Festi­val Internacional de Cine de More­lia, que preside el mismo Alejandro Ramírez, entre otras iniciativas. Esa diversificación del grupo en diver­sos ámbitos económicos le ha dado solidez y relativa tranquilidad. Con una política financiera conservado­ra, no incurre en deuda cuantiosa (si no reinvirtieran las utilidades, en tan sólo tres meses Organización Ramí­rez podría pagar su apalancamiento con los bancos), y por ende no avizo­ra una eventual salida o colocación en la Bolsa Mexicana de Valores.


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Sebastian Mejia
2010-03-28 16:22:10

tuven el enorme gusto de conocer personalmente al Lic. Enrique Ramirez Miguel, persona de un valor humano incalculable, me di el gusto de cocinar para el en forma exclusiva alla en su rancho, "Rancho Seco de Ramirez" en Guanajuato, fue para mi una persona que dejo una huella de trabajo y tenacidad que aquilato a diario, su partida de este plano terrenal me dejo una tristeza tan grande que aun hoy, a muchos años su recuerdo sigue presente en mi mente y lo estara por siempre. En donde quiera que este Lic. Ramirez, su cocinero aun lo recuerda con un gran cariño.

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