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December de 2009

Diploma de buena conducta

En 2008 Hacienda propuso la integración en una sola base de datos del historial de deuda de los chilenos, incluyendo al retail, para hacer uso de la reputación a la hora de cotizar un crédito. Lamentablemente esta ley no verá la luz.

Por Ignacio Briones
ILUSTRACIÓN Alfredo Cáceres

HERRAMIENTAS

En un examen reciente de economía le pedí a mis alumnos analizar la siguiente situación real. Se trataba de un anuncio en el famoso sitio de subastas on-line Ebay. Allí se ofrecía un automóvil BMW “casi nuevo” (del año y con apenas 1.000 km de uso). La subasta cerró en 30.000 dólares, precio bastante inferior a los 50.000 dólares que cuesta el modelo cero kilómetro.  El anunciante se reservó el derecho de venderlo a ese valor. ¿Cómo explicar tal diferencia de precios entre un auto nuevo y uno casi nuevo?
Una alumna escribió una respuesta que al principio me dejó atónito: “A una mujer su marido le regaló el auto nuevo, pero a ella no le gustó. Por eso lo vendieron”. Como no hubo más argumentos  le di cero puntos. Pese a todo,  mi alumna no estaba tan lejos de la respuesta correcta.
Suponga por un instante que usted fuese ese marido. Usted sabe que su auto está como nuevo. Que sus razones para venderlo nada tienen que ver con que éste tenga algún desperfecto. Usted está dispuesto a aceptar un precio “justo”, algo menor que los 50.000 dólares que pagó (mal que mal el auto tiene un ligero uso), pero en ningún caso asumir un castigo de 20.000 dólares.
El punto es que sólo usted sabe las verdaderas motivaciones  para venderlo. Los compradores no. No lo conocen ni a usted ni a su mujer. Y aunque en la foto del anuncio el auto se vea reluciente, los compradores no tienen cómo chequear si se trata de un auto “bueno” o de uno “malo” que presenta problemas. Después de todo, tienen derecho a pensar que si usted lo está vendiendo a poco de comprado, “algún desperfecto debe tener”. Hay una asimetría de información entre comprador y vendedor.
Si los compradores pudieran discriminar el tipo de auto del que se trata, habría un precio para los autos “malos” y otro mayor para los “buenos”. Pero como no pueden, habrá sólo un precio. Una suerte de promedio entre el precio  de un auto “bueno” y el de uno “malo” ponderado por la probabilidad de que sea de un tipo o de otro. Pero ese promedio es por definición menor que el precio “justo” de un auto “bueno” como el suyo. Así, usted  probablemente se abstendrá de venderlo. Otros maridos en su misma situación también.
De esta forma, los compradores rápidamente caen en cuenta que la probabilidad de toparse con un auto “malo” es en realidad mayor de lo que pensaban. Por lo tanto, castigarán aún más el precio, incitando de esta forma a que se ofrezcan cada vez menos autos “buenos”. Al final del día primará el precio de los autos “malos” y no habrá mercado para los autos “buenos”. Mal por usted y por su señora. 
Si usted fuera un vendedor conocido, con una sólida reputación, la cosa cambia. Daría una poderosa señal a los compradores de que su auto en realidad está impecable. Lo mismo ocurriría si pudiera ofrecerles una garantía. En ambos casos usted se acercaría al ansiado “precio justo”. 
La conclusión es simple, pero de potentes  implicancias: en presencia de asimetrías de información como la descrita la posibilidad de que exista un mercado para los productos de buena calidad se ve reducida. Esta es la magistral contribución del premio Nobel de Economía George Akerlof quien la ilustrara precisamente con los autos usados. Un resultado con importantes aplicaciones en otros mercados. El del crédito es uno de ellos. Y en Chile tenemos un ejemplo reciente casi de manual de cortapalos.
Quien presta dinero se enfrenta al problema básico de saber si el cliente será un “buen” o un “mal pagador”. Si pudiera identificarlo, habría una tasa de interés baja para el primero y otra más alta  para el más riesgoso. Pero como con los autos usados, cuando hay una asimetría de información, la tasa que tenderá a prevalecer es la tasa alta del “mal pagador”.
Para este último, nada de esto tiene mucho impacto. A fin de cuentas le cobrarán la tasa alta que le corresponde.  Pero para un “buen pagador”, parece injusto que le apliquen la elevada tasa de un sujeto riesgoso. ¿Qué hacer en este caso?
Si tuviera la suerte de contar con un colateral que ofrecer en garantía al prestamista podría salvar el problema. Pero este es el privilegio de unos pocos. ¿Y qué tal si pudiera demostrarle que usted es un cliente ejemplar? En ese caso también tendría acceso a la tasa más baja. Ello requiere que usted pueda apelar a su buena reputación. Que pueda exhibir una suerte de diploma de buenas prácticas que certifique su sólido historial de pago.
Lamentablemente, en nuestro país, la posibilidad de mostrar este certificado de buenas prácticas a nivel de créditos de consumo está severamente limitada. Ello ocurre porque el retail, sector que concentra 60% del mercado de las tarjetas de crédito, no está obligado a dar a conocer el historial de pago de sus clientes. El sector bancario sí. Esta asimetría informacional segmenta artificialmente el mercado del crédito, reduce fuertemente  la competencia y tiene enormes costos sociales.
Tomemos el caso de una persona de clase media que ha sido por largos años cliente del retail financiero. Ella no tiene grandes activos que dar en garantía, pero sí esa solida reputación: jamás se ha atrasado en el pago de una cuota. Su problema es que solo su retailer conoce lo buena pagadora que es. El resto de los agentes del mercado no. La persona no tiene la opción de presentarles su certificado de buenas prácticas y así acceder a la tasa más baja de un “buen” pagador en condiciones competitivas. Su retailer tampoco tiene muchos incentivos a ofrecerle esa tasa baja. ¿Para qué hacerlo si se le puede cobrar la tasa de un mal pagador? La persona está capturada. Para ella la competencia es sólo una abstracción.
A mediados de 2008, el ministerio de Hacienda propuso un proyecto de ley que planteaba la integración en una sola base de datos del historial de deuda negativa y positiva de los chilenos, incluyendo la que las personas mantienen con el retail. Precisamente permitía que las personas pudieran hacer uso de su reputación a la hora de cotizar un crédito. Resolvía de esta manera  la asimetría informacional a la que nos hemos referido, aumentando la competencia y generando un mayor y más equitativo acceso al crédito.
Lamentablemente este buen proyecto no verá la luz. Al menos no en este gobierno. Recientemente nos enteramos de que el Ejecutivo decidió retirar la iniciativa. Los propios parlamentarios oficialistas terminaron por quitarle el piso a la iniciativa. ¿Vaivenes propios de un periodo electoral o resultado de un lobby sectorial que logró imponerse? Por el bien de la competencia, ojalá se trate sólo de lo primero.

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