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Fórmulas universales

Andrés Martínez

HERRAMIENTAS

 Un colega mío en el New America Foundation, Nicholas Thompson, publicó un libro importante (The Hawk and the Dove) sobre la amistad y rivalidad entre George Kennan y Paul Nitze, dos de los arquitectos de la política exterior estadounidense a lo largo de la Guerra Fría con la extinta Unión Soviética. En su momento, cuenta Thompson, hubo un debate muy fuerte en Washington sobre el término apropiado para describir la estrategia ante el comunismo, entre aquellos que preferían el concepto containment (contención) y aquellos más inclinados a la nueva fórmula de detente (distensión).


Fue uno de esos conflictos que mezclan conceptos estratégicos, mercadotecnia y rivalidades burocráticas, y que parecen trascendentes sólo porque sus participantes han perdido la perspectiva apropiada. Thompson cuenta que después de la caída de la Unión Soviética le preguntó a un ex funcionario soviético cómo veía Moscú el conflicto en Washington entre partidarios de detente y containment. “Para nosotros eran términos intercambiables –le dijo el funcionario a Thompson–. A los dos se les traducía al ruso con la palabra “estrangulación”.


La anécdota resalta lo arbitrarios que suelen ser los esfuerzos por denominar estrategias, sobre todo si éstas en sí, o la visión que las anima, no cambia a pesar de la variación publicitaria. El medio siglo de Guerra Fría llevó a Estados Unidos a depender excesivamente de una sola fórmula, un solo eslogan, para enfrentar y entender al resto del mundo. La Unión Americana se convirtió en la mayor potencia tras la Segunda Guerra Mundial, conflicto que trató de evadir hasta que su flota fue bombardeada en Hawái. Al término de la guerra, la gran mayoría de estadounidenses hubiera querido olvidarse del resto de mundo nuevamente, pero había una Guerra Fría que librar, y la paz del mundo entero había sido secuestrada por la amenaza nuclear.  


Sólo así se le podía pedir al pueblo estadounidense que se interesara en el futuro de Grecia y Turquía, y tantos otros países que serían destinos de capital o tropas yankis por el resto del siglo. El pueblo de Estados Unidos quizá no se sentía comprometido con el destino de países como Corea, pero sí podía involucrarse en el juego de mesa global –containment– en el que tantos países sirvieron de piezas. La Unión Americana sólo se involucra de lleno si se siente amenazada. Aunque algunos mexicanos con larga memoria lo vean diferente, el estadounidense es un imperio reticente. 

  En los años noventa le costó a Washington enunciar una política exterior sin un prisma universal para evaluar todo acontecimiento. ¿Cómo establecer prioridades? ¿Por qué la intervención en Kosovo, pero no en Ruanda? La globalización fue un proceso económico, no una estrategia. Por eso el alivio, luego del dolor del 11 de septiembre, con el que la clase gubernamental en Washington se apropió del término the war on terror.  Finalmente otro compás, otro eslogan simple, otro conflicto global, que permitía (obligaba) al pueblo estadonidense a fijarse en el resto del mundo, y le daba una llave para interpretarlo.


A George Kennan, autor intelectual del famoso concepto de containment, siempre le molestaba la universalidad con la cual se aplicó su idea estratégica. A su modo de ver, el supuesto conflicto ideológico entre superpotencias no justificaba la intervención en Vietnam, a la cual se opuso con fervor. América Latina tampoco le interesó mucho, y aconsejaba que Washington mantuviera una “ecuanimidad relajada” ante el hemisferio.


Quizá por lo absurdo, el termino war on terror ha perdido vigencia en Washington, y el equipo de Barack Obama debate en estos días si quiere enfatizar contra-insurgencia o contra-terrorismo en Afganistán. Pero no importan los términos que vendrán para tratar de sintetizar la política exterior de la Casa Blanca, el problema esta en la adicción al eslogan universal.


México es una de las víctimas de la falta de atención que le da Estados Unidos a países que puedan ser importantes, pero que no caben dentro del proyecto definido por la fórmula del momento.  Ni containment ni war on terror iban a aumentar la presencia de México en el radar del norte.

Tradicionalmente, las grandes potencias son capaces de definir sus intereses nacionales, y de promoverlos agresivamente, como lo hizo la Unión Americana en el siglo XIX, con gran costo para su vecino sureño. Pero en la capital liberal del imperio actual, nadie quiere hablar de intereses. Como lo dijo el escritor Peter Beinart, otro colega mío en New America: “Ponte a hablar de intereses y la gente te verá como si fueras el jefe de una empresa petrolera”.


En el ámbito político se habla más bien de amenazas (terrorismo, Irán, etc.), y valores (democracia, igualdad entre los géneros, etc.). Así es que toda política exterior se tiene que enmarcar como una respuesta a un peligro que viene de afuera.  Washington sólo juega a la defensa, sólo puede reaccionar. No hay estrategias afirmativas que surjan del verdadero interés nacional, lo cual significaría más atención a ciertas relaciones bilaterales, como aquellas con China y México. Sólo hay fórmulas que a veces se pueden aplicar a la realidad y otras no tanto.  

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