

“La experiencia hace la diferencia”
El michoacano Rosalío Plata se ha ganado a pulso el reconocimiento empresarial en el sur de California y son varios los políticos estadounidenses que buscan su apoyo con los electores.
Vestido pulcramente, pero sin ostentación de marca o precio, Rosalío Plata da la sensación de calidez y confianza desde el momento en que se aproxima para extender la mano a quien lo saluda. En su oficina, en donde al menos 10 empleados se mueven por todas partes para atender a los clientes y contestar los teléfonos que no paran de sonar, se respira un ambiente familiar. Desde que tuvo su primer carro en Estados Unidos, una camioneta Nissan 1978 –ahora que conduce por las calles del desierto de California en un BMW modelo 2007–, el michoacano Rosalío Plata no sabe cuántas millas ha recorrido, de lo que sí está seguro es de que aunque ha cumplido muchos de sus sueños, aún le queda camino por delante. Eso sí: “Primero Dios”, su dicho preferido. Son las 10 de la mañana de un día de invierno y un delicioso aroma a café con canela recién preparado por doña Guadalupe López invade el modesto recinto, una oficina de seguros, impuestos, impresión, registro de vehículos y representación de artistas en la ciudad de Cathedral City, en medio del desierto en el sur de California. Ya ubicado detrás de su escritorio color café de madera comprimida, este mexicano nacido el 17 de junio de 1964 en el pueblo de Tzitzio, en el norte de Michoacán, da la bienvenida a PODER ofreciendo una franca sonrisa al fotógrafo y al reportero que comienzan la entrevista con sendas tazas de café en la mano, aceptando la hospitalidad de doña Guadalupe, madre de Rosalío. “Me gusta estar aquí, atendiendo la empresa. Si pudiera más de 24 horas al día, así lo haría. Pero mi trabajo también es afuera con la gente, buscando formas de apoyar a los inmigrantes que vienen a hacer lo mismo que yo hace casi 22 años”, dice el también presidente del Club Michoacano y Vicepresidente de la Federación de Michoacanos en esta región del sur de California. “Cada vez que me acerco a un político es con la idea de luchar por los derechos de los inmigrantes. Si estamos aquí es porque queremos trabajar. Hacemos lo que un gringo no quiere hacer por el salario mínimo [ocho dólares en California a partir del 1 de enero de 2008]. Es triste que se nos trate como a criminales”, dice Plata acerca de su labor de dirigente cívico y representante de los mexicanos en el Club Michoacano, cuyas instalaciones, dicho sea de paso, fueron donadas por su compañía. Con ese objetivo es común ver a Rosalío Plata en Sacramento haciendo cabildeo con los asambleístas de California y con los representantes ante el Congreso federal. Los políticos en campaña lo buscan para pedirle su apoyo. En noviembre de 2007 recibió la visita de la candidata a la nominación del Partido Demócrata para la campaña presidencial, Hillary Clinton, quien se comprometió con la defensa de los inmigrantes hispanos si llega a la Casa Blanca. “Creo en esa promesa porque con [Bill] Clinton en la presidencia, Estados Unidos estuvo mejor y dejó cosas buenas”, anota Plata, quien en esa oportunidad congregó a un centenar de empresarios de la región para apoyar la candidatura de Hillary Clinton.
DE ‘JOYERO’ A CATADOR DE VINOS
Aunque el primer intento de atravesar la frontera norte de su país fue el 30 de abril de 1985, con 300 dólares entre el bolsillo para pagarle al coyote, tuvo que esperar en Mexicali, con su padre, don Esiquio Plata, hasta el 5 de mayo del mismo año mientras se calmaban las cosas tras el cierre de la frontera cuando ocurrió el tristemente célebre caso de secuestro y muerte del agente de la DEA en México Enrique Camarena. El segundo intento fue el 5 de mayo, “y el seis ya estaba trabajando de ‘joyero’ en Palm Springs, ganando seis dólares la hora”, recuerda divertido Rosalío al referir que el trabajo de ‘joyero’ consistía en hacer ‘joyos’ (hoyos) para una compañía constructora. Plata se frota las manos y sigue su relato. “Recuerdo que mantenía las manos quemadas por el cemento y al terminar el trabajo me iba a un parque a llorar para que mi papá no se diera cuenta”. Cuando Rosalío salió de México cursaba el cuarto semestre de Biología en la Universidad de San Nicolás de Hidalgo, pero se retiró para trabajar con el fin de ayudar a su familia a pagar las deudas que sobrevinieron luego de una lesión que sufrió su padre, cuando un delincuente le disparó y le dejó una bala en la espalda, muy cerca de un riñón, que en pocos años se lo llevaría a la tumba. Rosalío trabajó durante un año abriendo huecos. Volvió con su padre a México durante algunas semanas, pero se dio cuenta de que ya no encajaba en su país. Regresó a Palm Springs y trabajó de jardinero un tiempo, durante el cual soñó con trabajar en el restaurante Kobys, por donde pasaba todos los días en el autobús. Y lo logró. Entraba a las cuatro de la tarde y salía a la una de la madrugada. Iba a casa, se bañaba, se vestía y se acostaba para estar listo porque entraba a trabajar a otro restaurante, el Black Angus, a las cinco de la mañana, lavando platos, hasta las dos de la tarde. Tomaba el autobús y dormía durante el trayecto despertándose justo en la parada cerca del otro restaurante.
En 1988 empieza su primer negocio. Limpieza de casas, restaurantes, clubes y los edificios del ayuntamiento de Indian Wells. “Este cliente lo perdimos meses después y nos dijeron claramente que, a pesar de hacer bien el trabajo, los funcionarios encargados de aprobar el presupuesto preferían que la labor no fuera realizada por mexicanos”, recuerda Plata. La empresa de limpieza era operada principalmente por familiares de Rosalío. Ese año llegaron a Estados Unidos sus hermanos Jesús, José, Alberto y sus hermanas Ángela, Lupita, Rafaela y Herminda. A su hermano José lo puso a estudiar Negocios en el college. El salario promedio de todos los que trabajaban con él en limpieza era de 10 dólares la hora. Lo que ganaba la familia era enviado a México, para pagar el tratamiento de diálisis de su padre que murió el domingo 20 de agosto de 1989. Después de su pérdida, la señora Guadalupe viajó con su hija Rosaura a Palm Springs y se incorporaron a la empresa de la familia. En 1993, con la madre al frente de la firma de limpieza, Rosalío regresó al ambiente de los restaurantes. Le dieron empleo en uno de los resort más exclusivos de esta tierra de ricos y famosos, el Two Bunch Palms. Pero fue un año difícil. Después de siete meses de mesero y anfitrión, una fresa le jugó una mala pasada. Resbaló y cayó lastimándose un nervio que lo dejó fuera de combate durante un año, al menos para el mundo de los restaurantes. En Estados Unidos es común demandar por este tipo de accidentes. ¿Usted lo hizo?, le preguntó PODER a Rosalío. “No. Los accidentes pasan en todas partes. Pero, aunque estés arriba, en una buena posición, debes tener el valor de volver a empezar. Yo creo que todo tiene una razón de ser. Y ese, estoy seguro, era uno de esos casos. Además, es bueno dejar las puertas abiertas”, recordó. Y tenía razón. Un año más tarde, tiempo durante el cual no se quedó quieto sino que volvió a su trabajo de construcción abriendo huecos, volvió a Two Bunch donde aprendió lo que hoy es su pasatiempo y forma de hacer las relaciones y contactos que le han servido para escalar en el mundo de los negocios y de la política en beneficio de sus connacionales. “Con la ayuda de un cantinero chino aprendí acerca de vinos. Además de recibir las mejores propinas, entre 100 y 200 dólares en cada servicio, conocí y atendí a personalidades como Robin Williams, Mel Gibson, Sandra Bullock y Tom Hanks. En ese restaurante nos enseñaron a tratar a los clientes como a personas normales. Y eso les gustaba a ellos. Creo que fue una de las mejores experiencias y épocas más productivas. Además fue el tiempo en que aprendí más inglés y terminé la carrera de Negocios”, comenta Rosalío Plata, quien se retiró de Two Bunch por presión de un nuevo gerente en 1997, cuando se estaba iniciando en el negocio de los seguros. “Aprendí que se debe trabajar con muchos sueños en la mira. El día que se deja de soñar es porque estás muerto. Mientras hay sueños, hay esperanza de progresar día a día. Así es como formas tu propia historia, aunque siempre hay obstáculos”, dice Plata acerca de su experiencia entre 1993 y 1997.
ENTRE SEGUROS, ARTISTAS Y FUEGO
A bordo de su vehículo, rumbo a su casa en donde quiere compartir con PODER su rincón vinícola, es evidente que Rosalío Plata adoptó para sí la región desértica de Palm Springs en la que vive y que ningún obstáculo lo detendrá para lograr sus sueños ni lo obligará a salir de esa región. Y, al menos esta mañana no se ven nubes negras en el cielo de Indio bajo el cual transitamos con este empresario que siente que la vida le da vía libre para avanzar. “Soy feliz en este desierto”, asegura mientras conduce con las manos firmes en el volante. Mientras vamos en su BMW, Rosalío evoca recuerdos prácticamente en cada esquina. Al girar en una de ellas, señala una casa de un piso pintada de verde pastel y encerrada en un muro con enredaderas. “En esta casa vivíamos ocho personas durante varios años. Eran sólo dos cuartos, pero vivíamos bien, hasta que nos corrieron porque el dueño quería venderla. Fue difícil porque nadie nos quería rentar algo por falta de historia de crédito”, comenta. En un centro comercial, al pie de una colina en la ciudad de Indio, está el Pavilion Theatre, una imponente edificación prefabricada al estilo domo, como un circo del futuro mezcla de plástico y acero. “Aquí trajimos espectáculos mexicanos como La Escuelita y Francis el Travesti (q.e.p.d.), con lleno total. Lástima que el teatro no puede continuar porque el dueño [Dick Taylor] no logró comercializar otros espectáculos y cuando quiso que nos asociáramos ya venía con una deuda de más de 100,000 dólares”, dice Plata acerca de su aventura empresarial de representar artistas mexicanos en USA, que comenzó en 1998 cuando compró un nightclub y restaurante. Desde entonces, han desfilado por California, Texas, Oregon, Illinois, Oklahoma y Georgia espectáculos y artistas como La Escuelita, Luis de Alba, Alejandra Guzmán, Marco Antonio Solís, Paquita la del Barrio, El Costeño, Miguel Galván, Arat de La Torre, Roxana Castellanos, Alex del Castillo y Gloria Trevi. “Les busco el contacto, el show y los represento de principio a fin. Les coordinamos la visa y los permisos de trabajo”, dice Plata. En 2008, la meta es llevar artistas y espectáculos cómicos a las ciudades donde están los principales enclaves mexicanos en Estados Unidos. “El costo promedio para traer a un artista como Luis de Alba está en 12,000 dólares, incluyendo sus honorarios, para una presentación de dos horas”, explica el empresario. Pero no todo es color de rosa ni memorias de grandes negocios en las calles del desierto. Ya cerca de su casa recuerda su experiencia con el primer restaurante. Con los ahorros de su pensión obtenida durante sus años de mesero y cantinero, en 1998 compró la Hacienda del Desierto Mexican Food, propiedad de Gordon Steakehouse, cuyo dueño trabajó en la producción de la película Lo que el viento se llevó. Entre el mobiliario, el restaurante incluía los espejos y el bar usados en ese filme, los muros de películas, la tina donde se bañó Greta Garbo y las puertas del sarcófago de Drácula. Todo se redujo a cenizas durante un incendio en 2001. “Aquí aprendí a darles el valor justo a las cosas. Yo, con un negocio de seguros andando, sólo había asegurado el restaurante por 400,000 dólares. Perdí más de 600,000 dólares y 40 personas se quedaron sin empleo”, recuerda. Los bomberos le informaron que el fuego fue provocado por mano humana. Plata prefirió no averiguar más. Pero esas manos criminales, al parecer, no quedaron saciadas. El día de su cumpleaños del año pasado volvieron a prender fuego sobre lo que le quedó de las cenizas anteriores. “Voy a poner un club en ese terreno. Voy a recuperar el empleo para mis trabajadores. No le guardo rencor a nadie. Yo sigo con hambre de progresar”, afirma Plata mientras detiene el auto al frente de su casa, color amarillo quemado, en cuyo antejardín está su suegro regando y cuidando las plantas con paciencia de abuelo. En el interior, también sin ninguna muestra de ostentación o lujo como se aprecia en su oficina, le esperan algunos de sus tesoros, entre ellos las dos hijas de su segundo matrimonio, Esperanza, de un año y Alondra de cuatro que salen raudas a saludarlo. Tras el protocolo familiar de rigor muestra su colección de vinos y otros licores. Detrás de la barra, en la que pasa poco tiempo porque afirma que es muy ocasional que beba un trago, contesta la pregunta acerca del tipo de vino que podría comparar con lo que ha sido su vida. “No conozco el vino perfecto, pero la experiencia hace la diferencia en la vida. Aún tengo que vivir más para poder comparar. El problema es cuando uno se aferra a cosas que en realidad no valen”.




